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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 02 de febrero de 2021

La política y el moralismo político

Los ideólogos y defensores del concepto “estado de opinión” han caído definitivamente en el campo del moralismo político. Su terreno ya no es el político, sino el moral. Practican lo que Max Weber denominó la ética del Sermón de la Montaña, que es la ética absoluta. Esta se acepta o se rechaza por entero. Esta ética es la del Gran Inquisidor, que supone que los hombres son incapaces de cargar con el peso de su propia libertad. Según Dostoievsky, “millones de seres humanos nunca tendrán fuerzas suficientes para hacer uso de su libertad" (1983: 321). Prefieren, como dice Albert Camus, que les digan qué hacer, prefieren que quiten de sus hombros el peso de tener que elegir y responsabilizarse por sus elecciones. Esta es la tarea para el Gran Inquisidor.

En la esfera política, criticar las posiciones del moralista político exaspera hasta el máximo sus reacciones, que lo conduce, mediante la utilización de las redes sociales y otros medios, a la descalificación del otro, al insulto: (la Mafe Cabal vocifera: “estudien vagos”, Uribe tuitea: “difamador, engañador de estudiantes”).

Los representantes de esta ética absoluta no pueden admitir que las posiciones de sus críticos, no conlleven la culpabilidad. Según ellos, los defensores de la paz y del Acuerdo Final, son culpables de haber creado un sistema jurídico para favorecer a los criminales de las Farc, premiarlos con la participación en el poder legislativo y no condenarlos a lo que se merecen. Por esto deben ser despreciados y excluidos de la sociedad que se define a sí misma como la de “los buenos somos más”. En el plano moral, el moralista político no puede admitir los argumentos de una persona que adopte una posición política opuesta a la suya. Debe condenarlo moralmente.

Sobre el “estado de opinión”, su autor tiene su propia justificación en una idea de participación ciudadana. Bien. Pero sobre la democracia, la representación, el populismo, hay múltiples posiciones, teorías, que tienen como característica común que ninguna es verdadera. No hay una verdad. La verdad es un asunto vinculado a la generación del conocimiento científico. En las esferas prácticas como la política y el derecho no existe la verdad en este sentido. Aquí se construyen acuerdos derivados del uso de nuestra razón entendida como la capacidad de orientarse en el mundo por medio de razones justificadas.

Es decir, en el mundo práctico humano no cabe más que la discusión argumentada, racional. Defender una determinada concepción de la política, la sociedad, etc., no autoriza a nadie para emprenderla con furia inquisitorial y agravios contra otro/a que expresa una opinión distinta.

Cuando esto sucede se cae en el fangoso terreno de la “posverdad”, con tanta repercusión mediática. En este nuevo espacio creado para impulsar un tipo de política antidemocrática, como lo hizo Trump, la verdad no es el elemento determinante, sino los rumores, las mentiras, los chismes, las injurias y la vulgaridad. Me opongo a esta trivialización de la cultura cívica

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