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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 22 de diciembre de 2020

La prioridad es la casa

Con un país mal administrado, arrasado por la pandemia y necesitado de un inmenso paquete de ayudas económicas y sociales, la prioridad de Joe Biden al frente de Estados Unidos será la política doméstica. Las declaraciones públicas tanto del nuevo mandatario como de su equipo apuntan en ese sentido: lo urgente es la aplicación de un torniquete en los primeros tres meses que detenga el desangre del desgobierno que termina. Y después -o en los entretelones- se afianzará el discurso de unión, de cerrar una grieta entre azules y rojos, auspiciada y acelerada en las últimas semanas por la locura de Trump y su camarilla republicana.

En ese orden de angustias también espera en pausa la política externa. Si bien Biden aseguró que con su llegada a la Casa Banca Estados Unidos volvía al juego del multilateralismo que el patriotismo trumpista abandonó, la realidad es que la geopolítica seguirá en un segundo plano. Un par de declaraciones sobre nuevas intenciones bastará para cambiar el rumbo porque se hizo tan mal la tarea en este cuatrienio que cualquier promesa será un inmenso logro.

El mundo no se detendrá -es obvio- pero su caminar mantendrá en el 2021 un ritmo cansino. Y, en esa media marcha, la recomposición del tablero obligará a centrarse en los aliados europeos y los antagonistas chinos y rusos. Así que América Latina estará muy lejos en la lista de preocupaciones del mandatario demócrata.

Los pocos minutos de mirada hacia nosotros estarán mediados por la situación venezolana. De la forma en la que Biden y su equipo afronten la paradoja chavista dependerá la relación con el resto del continente. Es previsible, por lo dicho hasta ahora, que el nuevo presidente busque alternativas de diálogo y abandone el garrote con el que los republicanos pretendieron sacar del poder a Maduro y que, hasta ahora, solo ha generado una consolidación abusiva de su poder. Así que escucharemos nuevas mesas y rondas de negociación entre las partes, buenos oficios de países europeos y alguna que otra intermediación mexicana o uruguaya. No mucho más.

Aún con decisiones que acapararán titulares, de los primeros meses de abrazos y apretones de manos entre potencias que se extrañaron en estos cuatro años, la realidad es que la situación nacional estadounidense no permitirá grandes juegos diplomáticos. Es otra consecuencia de un virus que, lejos de irse, seguirá determinando el rumbo de la política mundial en el 2021

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