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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 28 de mayo de 2021

La Santísima Trinidad

El creyente comienza su oración diciendo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén”, y la termina así: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. Con estas palabras hace referencia a la realidad divina, misterio insondable, en que las palabras adquieren un sentido diferente, que necesitan entrenamiento incansable para vivirlas más que para entenderlas.

Hay orantes que se pasan horas meditando esta breve oración. Y de repente aparece un mundo desconocido en su interior, que le da un sentido nuevo a cada sentimiento, cada pensamiento y cada palabra que aparece en su interior.

El Padre celestial no se parece a un papá, el papá terreno se debe parecer al Padre celestial. El Hijo no se parece a un hijo, un hijo se debe parecer al Hijo, que es Jesús. El creyente sabe quién es el Padre porque el mismo Padre se lo revela en su intimidad. Realidad familiar a los místicos, fruto de la experiencia, según aparece en su lenguaje oral y escrito.

Santa Teresa, uno de los grandes místicos del mundo, escribe: “Aquí se le comunican todas tres Personas, y le hablan, y le dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos”. Asombra sobremanera ser la morada de la Trinidad.

El testimonio de Santa Teresa es digno de toda admiración. El párrafo anterior continúa así: “Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se fueron de con ella, sino que notoriamente ve [...], que están en lo interior de su alma, en lo muy muy interior, en una cosa muy honda, que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras, siente en sí esta divina compañía” (Moradas (7, 1,6-7).

Cuando decimos que Dios es Trinidad, que es Dios uno y trino, utilizamos un lenguaje matemático para hablar de lo que no tiene nombre. Dios es uno en tres, tres en uno. Sutil matemática, cuya grandiosidad sumerge nuestro espíritu en la fascinación. Modo de hablar de lo que desborda la mente, llenando, en cambio, de paz y alegría el corazón.

Sor Isabel de la Trinidad oraba así: “¡Oh mis Tres, mi Todo, [...] Inmensidad en la que me pierdo! [...] Sumérgete en mí para que yo me sumerja en ti hasta que vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas”. Sor Isabel, muy envidiable por su experiencia portentosa del misterio augusto de la Santísima Trinidad

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