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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 26 de febrero de 2021

La Transfiguración

El relato de la transfiguración de Marcos, Mateo y Lucas es una página maestra de la literatura universal, la psicología, la teología, la espiritualidad y la mística. Prodigio de reporteros que llenan las palabras de un contenido inespacial e intemporal sublime.

El lector se siente sobrecogido desde el primer momento. Invitación a subir a un monte alto, y allí transfigurarse adquiriendo un rostro brillante como el sol y unos vestidos blancos como la luz. Deslumbramiento total.

El suspenso avanza al aparecer una nube luminosa, de la cual sale una voz que dice: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo” (Mc 9, 7). Ante estas palabras, los discípulos caen rostro en tierra llenos de miedo. La invitación de Jesús a no temer, los llena de alegría. Saben que pasar de repente del miedo a la alegría es entrar en el mundo prodigioso de la fascinación.

Jesús es amigo de los montes altos, lugares que frecuenta en las noches, por su atmósfera de silencio y soledad, propicia para cultivar su relación de amor con su Padre, el secreto de su grandeza humana, y gracias a la cual, cumple su misión sublime en la tierra. El cultivo de esa relación de amor con su Padre ejerce en él una transfiguración progresiva que un día llega a su punto culminante en presencia de sus discípulos.

Quien lee la transfiguración de Jesús está invitado a participar de ese acontecimiento divino que los evangelistas cuentan en lenguaje humano. Pedro, Santiago y Juan, testigos privilegiados, participan del acontecimiento inefable que presencian. En ellos todos estamos invitados a vivir la transfiguración, que da a nuestra vida sentido divino.

Cuando hablo de Dios, uso lenguaje humano, que, aplicado a Dios, adquiere significado divino. Las palabras que empleo son las palabras de todos los días, y ya no son las mismas. Para entenderlo hace falta cultivar la relación de amor con Dios, el único que puede enseñarme el sentido nuevo de las palabras, el secreto de mi transfiguración.

Yo me transfiguro en lo que siento durante todo el día. Y yo irradio, aun sin darme cuenta, en mi rostro y mis ademanes, mis sentimientos dañinos, como tristeza, rabia, venganza, amargura, o mis sentimientos de amor, como paz, alegría, confianza, fortaleza, generosidad. Mis sentimientos cultivados, la fuente de mi transfiguración.

En esta pandemia siglo XXI, la enseñanza de San Juan de la Cruz será siempre mi fuente de inspiración. “El amor nunca llega a estar perfecto hasta que emparejan tan en uno los amantes, que se transfiguran el uno en el otro, y entonces está el amor todo sano”

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