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Jorge Pinzón Sánchez
Columnista

Jorge Pinzón Sánchez

Publicado

LADRÓN DE BICICLETAS

Por

JORGE PINZÓN SÁNCHEZ*

redaccion@elcolombiano.com.co

En 1948, en medio de los escombros de la Italia inmediatamente posterior al régimen fascista y a la guerra, en una de las grandes películas de la historia del cine, Vittorio De Sica narra el drama de Antonio. Víctima de un hurto el mismo día en que comienza a trabajar como cartero, luego de un largo desempleo y de haber comprado una bicicleta recurriendo a una prendería para pagarla, después de haber buscado infructuosamente su artefacto, agobiado por la necesidad y por la angustia, Antonio roba una bicicleta, es sorprendido en flagrancia y se derrumba de vergüenza ante su hijo, quien rompe en llanto en una escena conmovedora y memorable; en 1974, en otra gran película italiana, Nos amamos tanto, en el episodio del concurso televisivo de preguntas y respuestas sobre cine, por boca de uno de los tres entrañables amigos, Scola cuenta que De Sica regañó al actor infantil, Enzo Staiola, por su supuesta mala actuación y filmó para siempre su reacción. El pasado domingo, en Séptimo Día se transmitió por televisión la versión local del Ladrón de Bicicletas, que por desgracia no es neorrealista, y en la que nadie se ruboriza siquiera. Existe y progresa una organización de hampones dedicados al hurto violento de bicicletas que están destinadas a la reventa, inclusive en el exterior. ¿Cuál será la película paralela a los ladrones de teléfonos celulares de Colombia, quienes, sin ningún reato, llegan al asesinato de sus víctimas y cuentan con una red de distribución abierta al público que solo hasta hace poco ha comenzado a ser perturbada por las autoridades?

La indefensión de los ciudadanos de a bicicleta y de a pie frente a la delincuencia común, en medio de la indolencia de los demás viandantes, es una manifestación más de la descomposición social de Colombia; y pasar del raponazo al atraco armado es cuestión de mala suerte. Para que esos atropellos dejen de ser tan frecuentes, ya hay quienes se preguntan, inspirados en la inmediata reacción contra el paseo millonario de la pandilla de “los canarios” asesinos, si lo que hace falta es que a un estadounidense lo atraquen para robarle su celular o que traten de bajarlo de su bicicleta cuchillo en mano, como quedó filmado hace poco en una escena más de nuestro realismo trágico. Es vergonzoso que haya autoridades que ante esas situaciones salgan con la ocurrencia según la cual usar el teléfono móvil por la calle, que es el sitio natural para aprovechar su movilidad es “dar papaya”; con esa misma lógica, ¿quien paga impuestos, tasas y contribuciones de toda laya en cumplimiento de un deber legal ciudadano, y no los ve reflejados en la seguridad personal, también “da papaya” para que el fruto de su trabajo sea malversado por funcionarios y contratistas corruptos? Y es preocupante que si esa clase de hurtos no culminan con una lesión seria o con la muerte de la víctima, sean considerados como de “escasa” gravedad, como si el hecho mismo de la consideración legal y social de una conducta cualquiera como delictiva, no fuera en sí misma la demostración más clara acerca de su gravedad; en ese caso, sería más coherente despojarlos de su connotación penal para convertidos, si acaso, en simples contravenciones policivas y, eso sí, tratar de calcular cuánto valdría la rebaja tributaria que merecerían los ciudadanos como contraprestación a esa confesión de impotencia estatal, que sería un preludio de una claudicación general frente a la criminalidad común.

La necesidad de solucionar el hacinamiento carcelario no es razón suficiente para decir que lo blanco es negro, pues lo que no es grave no tiene por qué ser delito, y no dejan de ser graves aquellos delitos que requieren querella y que admiten desistimiento; considerar que sea posible desistir, admisible la excarcelación durante su investigación y juzgamiento, y que puedan dar pie a penas distintas de las privativas de la libertad y a medidas especiales de resocialización, no significa que el Estado no esté en mora o que pueda excusarse de cumplir con su deber básico de protección frente a esas modalidades de delincuencia, que hacen tan violenta, azarosa e ingrata la vida diaria. Pero, a su vez, la sociedad, que de tiempo atrás ha sido indiferente con el incremento y generalización de peores formas de delincuencia, y que recurre en primera y única instancia a la reacción penal, que es o debería ser en muchos casos la última medida de control social, ninguna autoridad tiene para reclamarle al Estado por su inacción, cuando es práctica social corriente, que asegura la correspondiente oferta, la vergonzosa compra de todo lo robado, que incluye bicicletas, teléfonos y hasta espejos de automóviles; solo hace falta que los ofrezcan en combo con las películas piratas que se consiguen en cualquier esquina, y entre las cuales se debe conseguir Ladrón de Bicicletas.

*Exsuperintendente Bancario y de Sociedades. Artículo especial para EL COLOMBIANO.

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