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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 23 de diciembre de 2020

Las fiestas invencibles

Las fiestas de fin de año son imbatibles. Pasó de moda el reinado nacional de belleza, se desinfló la vuelta a Colombia en bicicleta, la Semana Santa se redujo a puente de playa y asueto. Estas conmemoraciones tradicionales desaparecieron o perdieron su sustancia.

Navidad y Año Nuevo, en cambio, perduran. Y son las más antiguas, las milenarias. El secreto es que están clavadas en lo más primitivo de la esencia occidental. Hacen parte del arsenal mítico que explica por qué somos lo que somos. Ni la pandemia universal, con sus rebrotes, puede contra ellas.

No en vano la primera deriva su nombre del nacimiento. Hay una madre, un padre, un niño, entregados a la elemental pobreza. Todo ser humano nace así, a merced absoluta de que los demás lo salven de perecer. Unas pajas, el vaho de un par de animales mansos, un planeta mudo ante el cual grita.

El origen individual, organizado teatralmente, pasa a la historia como paradoja. Lo más alto, un Dios que nace, es arrojado a lo más débil, la carne. La figura cala hasta las fibras primordiales de los que han pasado por el mismo trance, es decir, la humanidad completa.

La saga está constituida como un sencillo cuadro del que nadie es ajeno. Viene con una inescapable energía de identificación. Todos somos esa semilla, temblamos bajo la estación de invierno, hay un perseguidor fatal cuyas órdenes fueron esquivadas. Este nacimiento merece ser conmemorado por los siglos de los siglos.

El Año Nuevo es la representación de los ciclos. Hay lapsos para cada asunto, para sembrar y cosechar, para adorar al Sol y a la Luna, para menstruar y preñarse, para el invierno y el verano. Pero el cambio de un año a otro es el cambio de los cambios. El rosario del calendario se agota y da origen a la siguiente suerte.

Cada ser humano quiere gritar a las doce de la noche, para conjurar la desgracia que se va y dar bienvenida a un deseo que es una orden. Se palpita en la conciencia del tiempo, de su fatalidad y su incógnita. Se echa de menos a los muertos, representación de lo irreparable. Se tiembla ante la incógnita de quienes no estarán dentro de doce meses.

Por eso son imbatibles estas fiestas. Tienen que ver con la llegada y la salida de la vida, el desamparo tajante, el tiempo que es un soplo regulado, el arcano del porvenir

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