Estaba terminando de leer la autobiografía de Michelle Obama “Becoming”, durante su reciente aparición sorpresa en los Grammy. Dio un breve discurso sobre cómo la música une a la gente: “ya sea que nos guste el country, el rap o el rock, la música nos ayuda a compartirnos”, dijo. El momento se consideró adecuado: es el Mes de la Historia Negra, y aunque los Obamas están ahora integrados en esa historia, apenas ahora estamos comenzando realmente a examinar su legado.
Déjeme expresar que me gusta Obama. Me identifico mucho con ella. Yo también nací en los años 60 y crecí en la clase trabajadora con una familia negra que consideraba la educación superior la forma de salir adelante. Lo que siempre me ha interesado de Obama es cómo ella creó una narrativa moderna sobre la mujer negra simplemente siendo ella misma. El logro más notable de su autobiografía es que muestra cómo ser conscientemente negra y ser individuo no son incompatibles, sino un estado de ser ordinario.
Ella es un soldado en las luchas raciales que involucran a todos los negros, pero al mismo tiempo ella es humana - vulnerable, incierta, feliz de estar enamorada, ansiosa de agradarle a la gente. Ella es, por un tiempo, cómodamente de clase media, lo que puede ser la parte más radical de esta narrativa, porque se supone que los negros que adquieren dinero y prestigio no tienen ningún problema que merezca seria consideración (en otras palabras, no auténticamente negros). No es cierto.
Y sin embargo leyendo “Becoming” me hizo darme cuenta, con algo de desconsuelo, cuánto camino aún nos queda por recorrer antes de que rutinariamente escuchemos la historia completa sobre la experiencia de la gente negra.
Esto se vuelve claro en aquellas breves partes del libro que tratan dos de los momentos más controversiales en la campaña presidencial de 2008: el comentario de Obama durante la campaña en cuanto a que “por primera vez en mi vida adulta estoy realmente orgullosa de mi país”, y el sermón del pastor de hace muchos años de los Obama, el Reverendo Jeremiah Wright Jr.,que los medios de comunicación redujeron al epíteto “Maldita sea América”.
En el primer caso, Obama sostiene que no quiso decir nada racial, que no estaba siendo antipatriótica, simplemente estaba expresando gratitud hacia los voluntarios y la buena energía de la campaña. En el segundo caso, condenó a Wright por expresar una paranoia racial que existe en ambos lados de la línea de color - “la sospecha y el estereotipo iba por ambos lados”, es como lo expresó- implicando un tipo de falsa equivalencia que permea en nuestra política, especialmente en torno a la raza.
Ella descarta tales sospechas en sus propios familiares, que vivieron la segregación y Jim Crow, como “desconfianza”.
¿Eso es todo? Después de dar a la historia de los negros un examen tan largo y amoroso, Obama lo cierra estratégicamente. Ella no puede o no quiere reconocer que cualquier persona negra que expresa orgullo por su país por primera vez tiene perfecto sentido. Ella no puede o no quiere reconocer que la crítica de Wright a América fue parte de la tradición de la teología de la liberación que incluye a Martin Luther King Jr., un gran patriota.
Lo más importante, estas son críticas que he escuchado en muchas formas de personas negras comunes. No puedo imaginar que Obama no las ha escuchado también, y que no entiende exactamente de dónde vienen.
Como la mujer negra estadounidense de más alto perfil en el mundo durante ocho años, algo único en sí, ella tiene una rara oportunidad, y una obligación, en mi opinión, de ampliar la narrativa nacional de exclusión de una historia de lucha y superación de los negros a una historia del descontento negro.
Obama sí acierta con el título: se está contando más de la historia de los negros americanos que en cualquier otra época, pero aún hay tanto que queda por fuera, con frecuencia intencionalmente. Ella -y nosotros- aún nos estamos ‘convirtiendo’