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Víctor Corcoba Herrero
Columnista

Víctor Corcoba Herrero

Publicado el 14 de enero de 2015

LAS TRAMPAS DEL MUNDO NOS DELATAN

El mundo vive injertado en el lenguaje de la hipocresía. Una buena parte de los moradores del planeta no aman la verdad, no viven en la verdad, apenas se aman a sí mismos, y lo único que les mueve, es el engaño. Hay una persuasión diabólica a confundirlo todo, a simular la verdad. Lo cierto es que son diversas las trampas del mundo que soportan los mismos de siempre, la mansedumbre ciudadana, los excluidos del sistema. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la propia vida, o no acierta a convivir con los suyos, o sea con los de su misma especie, acaba por no hallar la motivación y la energía suficientes para esforzarse en el servicio del verdadero bien colectivo, que no es otro que la ayuda mutua.

Ahora acaba de ponerse en marcha, oficialmente el nueve de enero, el Año Europeo de Desarrollo en Riga, justo con el inicio de la presidencia de Letonia del Consejo de la Unión Europea, donde se dice que se busca estimular el interés activo de los ciudadanos europeos en la cooperación al desarrollo y fomentar un sentido de responsabilidad en la formulación y aplicación de las políticas.

Vamos a dejar de dar ayudas, migajas que seguramente les hemos robado, y de una vez por todas, trabajar juntos por el desarrollo común. Por desgracia, a mi manera de ver el modelo europeo, que pudiera haber sido un referente para todo el planeta porque se basa en valores, lleva consigo la trampa de ser distante, todo ello activado con una política comunitaria de diversas velocidades y con objetivos distintos. Sin duda, la pobreza y el subdesarrollo son nuestros mayores disidentes que, a su vez, generan un clima de terror, de nacionalismos absurdos, de desastres y mezquindades, que realmente impiden la integración regional, el diálogo cultural y la verdadera asociación colectiva.

Lo mismo sucede con el sufrimiento de tantos ciudadanos del mundo, cuya vida apenas vale nada. Si realmente tuviésemos el compromiso de cooperar unos con otros, todo sería diferente. Para empezar, tenemos que expulsar los ídolos de la mundanidad, que continuamente nos tienden trampas por doquier. Luego, después, debemos trabajar de manera conjunta en la solución de las diferencias mediante medios pacíficos. La violencia hay que pararla cueste lo que cueste, y dar la bienvenida a cualquier medida para la implementación inmediata de los acuerdos de paz.

Resulta obvio, los fanatismos suelen causar dolor, devastación y muerte. Por tanto, se han de valorar cuidadosamente los hechos actuales con amplitud de miras para corregir disfunciones y desviaciones.

Indudablemente, todos los países del mundo han de adoptar una postura responsable en consonancia con los convenios e instrumentos internacionales y los principios humanitarios, mediante acciones concertadas, para salir de este clima de inseguridades que nos asaltan en cualquier esquina del orbe. ¿Qué confianza puede tenerse ni qué protección encontrarse en leyes que dan lugar a trampas y enredos interminables? En este sentido, resulta alentador que recientemente cincuenta jefes de Estado y Gobierno de cinco continentes, invitados por el presidente de Francia, François Hollande, se manifestasen en París para denunciar la barbarie terrorista islámica. La trampa del terror todo lo destruye, nada construye, es un hecho criminal deplorable, que bloquea cualquier plática entre las naciones.

Creer que somos autosuficientes por nosotros mismos es otra gran trampa del mundo actual. Por consiguiente, pienso que con gran acierto el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, acaba de decir al mundo que sus líderes tienen una oportunidad histórica para impulsar los cambios económicos, sociales y ambientales durante los próximos años, y así, asegurar la paz y la estabilidad. Claro está, las acciones han de ser globales.

Si en verdad somos la generación del pensamiento, hemos de hacer todo lo posible para poner fin a la pobreza y abrir nuevos horizontes de ilusión. Seducir es fácil cuando un pueblo se mueve en el descontento permanente. Efectivamente, hay que esforzarse incesantemente en que la unión no solo hace la fuerza, también hace que las ocultaciones sean menos posibles. Lo mismo les pasa a muchos ciudadanos, son tan tramposos que no son consecuentes y piensan exactamente lo contrario de lo que dicen. En cualquier caso, la mayor trampa contra el desarrollo la genera el desempleo, o un empleo en precario, forjando tremendas desigualdades, mundos separados. Colosal antítesis. Unos lo tienen todo, otros no tienen nada. Desde luego, una de las pobrezas más hondas nace de la marginalidad, del aislamiento. Esencialmente, el ser humano se crece no aislándose, sino poniéndose en relación con sus análogos.

Tengamos presente, pues, que no se puede avanzar sin personas que cultiven la rectitud, tanto en el hacer como en el obrar. Hoy por hoy, el apresuramiento y la incertidumbre nos aborrega.

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