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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 08 de septiembre de 2021

Las virutas de
Elkin Obregón

¿Qué tiene de irremediable la prosa de Elkin Obregón? ¿Gracias a qué brujería coge al lector por el cuello y lo deleita sin darle tregua, en sucesión de quiebres inesperados? Tomando el título de una de sus crónicas microscópicas, se diría que este caricaturista, dibujante, traductor y escritor entrega “virutas” en lugar de textos.

Un texto es un tejido o bordado. Tiene mucho que ver con la filigrana, a veces con el rebuscamiento. Lejos de ahí está este hombre renacentista que parecía haber nacido y vivido siempre en el zarzo de una casa de Medellín, desde donde alegraba a amigos, lectores y asistentes a sus exposiciones individuales.

Sus editores de Otrabalsa presentaron hace poco en Otraparte “Caído del zarzo”, libro póstumo con crónicas o columnas que, por fortuna, el autor alcanzó a dejar escogidas a su gusto. Las extrajo de sus casi diez años de colaboración en el periódico Universo Centro.

Narra desde Antioquia, pero se mueve en el mismo aire universal de escritores, directores y actores o actrices de cine, jugadores de ajedrez, viajeros, dramaturgos, pintores, toreros, superhéroes. Tiene el acierto de pasar temas y protagonistas por el filtro de su personal gusto y sabiduría. Entrega virutas bien molidas.

No lo sabe todo, más bien disfruta dejándole tareas al lector o amenazando con que en próxima entrega resolverá los enigmas. Por desgracia, la muerte le llegó a comienzos de este año. Ojalá los hados lo tengan en su zarzo, en celeste compañía de aguardiente, café y cigarrillo.

Tal vez su faceta creativa más reconocida es la de caricaturista. Sus escritos emanan del ojo escrutador del pintamonos. De ahí que no le interesa cerrar con llave los asuntos. Tira al aire sus ocurrencias y entonces cada autor, cada tema, cada obra es su propia obra. Hace suyo el genio de quienes integran su erudición y su humor, para suministrar rasgos fundamentales, lances en los que les da una inmortalidad paisa y regocijada.

Todo, sazonado por “una poesía servida a cuentagotas, para que no se note demasiado”. Cada croniquita —así las llama— remata en posdata (P.D.) y coda, aretes generalmente de actualidad, en las que se goza al lector con apuntes como el de una noche en que “hay estrellas, y si no las hay, yo se las pongo”

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