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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 06 de agosto de 2019

“Leatherface” Trump

En 1974 se filmó una de las películas de terror de culto más veneradas por los seguidores del cine sangriento. “Masacre en Texas”, rodada con un puñado de dólares, recaudó millones en todo el mundo con la historia de un grupo de chavales que viajan al Estado de la estrella solitaria y se topan con una familia de caníbales armados con motosierras y ganchos de carne. El pan nuestro de cada día.

Igual que “Tiburón” tiene la culpa de que cada vez que nos metemos en el mar se nos venga a la cabeza la dichosa sintonía que acompañaba las arremetidas del voraz bicho, “Masacre en Texas” es responsable de que desconfiemos de todo el personal que trabaja en una gasolinera solitaria, así sean niños de un coro, y de los tipos que van por ahí con una careta hecha de piel humana.

El filme inauguró, junto a “Los chicos del maíz”, el subgénero más brutal del terror: el gore, donde cuanta más sangre chorrea más disfruta la parroquia. He de confesarles que a mí, que he sido incapaz de ver “La Profecía” o “El Resplandor”, esos salpicones de vísceras y sustos sin cesar me dan repelús. Soy de la opinión de que ya hay demasiado sufrimiento en este mundo nuestro como para añadirle dosis extras.

Además, siempre he temido el efecto mimético del cine de terror. No quiero decir con ello que los seguidores del “gore” sean asesinos en potencia sino que creo que hasta al psicópata más tarado le debe de resultar complicado maquinar su siguiente crimen mientras se desternilla de la risa viendo “Aterriza como puedas”, “Una noche en la ópera”, “La vida de Brian” o “El Gran Dictador”.

Y es que no debemos descartar la gran capacidad del ser humano para la estupidez y de los más avispados para sacar partido de la necedad ajena. Ya lo demostró en los años 50 el psicólogo social Salomon Asch, descubridor del ya mencionado efecto mimético o teoría de la conformidad. Asch descubrió que al reunir a varios sujetos anónimos con un montón de actores compinchados para dar respuestas incorrectas a cuestiones sencillas, los individuos preferían seguir la corriente a la manada a sabiendas de que estaban dando respuestas equivocadas. Todo para sentirse integrados en el grupo y por miedo a salirse del pensamiento predominante.

Por eso, el pistolero de El Paso, del que me voy a dar el gusto de no dar ni su nombre, pues no merece ni ser citado en mi columna, no es más que un pobre imbécil, una marioneta en manos de quienes siembran el odio. Inspirado en la doctrina del llamado “Replacement”, una teoría conspiranoica según la cual los hispanos están expulsando a los “blancos” de la tierra prometida llamada Estados Unidos, el carnicero en cuestión pretendía matar a cuantos más mexicanos mejor, sin pararse a pensar que lo más probable es que entre sus 20 víctimas hubiera estadounidenses de linajes más viejos que los suyos. Porque El Paso, con casi un 70 % de población latina, fue siempre hispano. El matarife buscaba “recuperar Texas de la invasión mexicana” olvidando que esas tierras fueron españolas por 150 años. No en vano, el segundo Estado más poblado del país tras California fue explorado ya en 1528 por Alvar Núñez Cabeza de Vaca y luego por Juan de Oñate quienes pusieron el sobrenombre de indios “tejas” a los pobladores que encontraron allí, de dónde proviene Texas. Por eso casi el 40% de sus habitantes, más de 11 millones, son hispanos.

Pero eso poco le importa al indocumentado que hay en la Casa Blanca, el auténtico instigador de la matanza de El Paso. Porque “leatherface” Trump ha desatado tanto odio criminalizando a los hispanos como Hitler con los judíos. Normal que un memo cualquiera agarre un fusil y se ponga a disparar en un Wallmart. “Si el presiente de EE.UU. dice que los hispanos son violadores y traficantes, será verdad”, debió de pensar el pistolero. Ahora “leatherface” Trump se pone la piel de cordero y critica el supremacismo. Pero no se fíen, es como los malos de las pelis de terror. Te das la vuelta y ¡zas! Te la clavan.

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