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Óscar Domínguez Giraldo
Columnista

Óscar Domínguez Giraldo

Publicado el 03 de marzo de 2022

Lisístrata no jugaba ajedrez

Hace poco le escribí al presidente Putin dándole diez minutos para que retire su horrorosa chatarra bélica de Ucrania. A lo mejor, como solo tiene comunicación directa con el binomio Stalin-Hitler —con quienes ha sido comparado—, no le llegó mi tuit: Manos fuera de Ucrania.

Claro que a pesar de todo lo que ha hecho y amenaza hacer, Putin tiene quién le escriba. Como el Gran Maestro de ajedrez Serguéi Kariakin, quien le declaró su amor eterno. El Comité de Ética de la Fide decidirá si sigue compitiendo.

A lo mejor, Kariakin leyó el revelador libro del cubano Leonardo Padura, El hombre que amaba los perros, y sabe qué les pasa a quienes se salen del libreto.

En Colombia, el precandidato Petro, en un discurso que se puede rastrear en la red, tuvo un gesto desafortunado con el vapuleado país. “¡Qué Ucrania ni qué ocho cuartos!”, dijo. Y siguió lagarteando voticos con esa prosa suya que arrastra las consonantes finales.

Desde la invasión, han llovido tantos vetos sobre diplomáticos y deportistas rusos que a estos últimos les tocará jugar al solitario, ajenos, como seguramente lo son, al atropello contra sus vecinos ucranianos que responden con jaculatorias y palomas a los misiles de los bárbaros.

Es tal la desproporción del armamento utilizado que el presidente ucraniano Volodímir Zelenski notificó en reciente discurso a la nación: “cuando ataquen, verán nuestras caras, no nuestras espaldas”.

Felizmente, hacen nube los ajedrecistas soviéticos que le han dado palustre y esplendor al juego. Por ejemplo, el excampeón mundial Borís Spaski, quien mejoró mi hoja de vida derrotándome en unas simultáneas en Bogotá.

Como este Nostradamus de tierra fría que soy yo jamás imaginó que el exdetective Putin invadiría a su vecino, no me empleé a fondo contra Spaski. Gustoso le habría dado mate, no por él , que es un caballero, sino por el gélido bípedo que tiene empanicada a la aldea global, incluidos las piedras y los metales.

(Le pedí al funcionario que cuida el cuarto del botón nuclear que si llega el hombre que entró a la historia por la puerta falsa, no le preste ni el baño).

Hace tiempos, Spaski vive en los parises de la Francia. También emigró el campeón durante veinte años, Garri Kaspárov, armenio, crítico de Putin, a quien intentó derrocar. Habría votado por el hombre a quien le coroné autógrafo, como Spaski.

Otras inmortales del ajedrez como el genial Mijaíl Tal y el apátrida Korchnói libraron en su momento desigual batalla contra la cúpula que convirtió el ajedrez en arma política.

La Lisístrata del título de la columna no jugaba ajedrez. Es un personaje de una comedia de Aristófanes. Se necesita a una Lisístrata rusa, modelo 2022, que, como la ateniense, les proponga a las mujeres de su país que les cierren las piernas a los invasores, o de aquello, el gustico, cero pollitos 

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