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Manuel Vicent
Columnista

Manuel Vicent

Publicado el 18 de octubre de 2021

Llorar por las plegarias atendidas

“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas”. Este pensamiento de Teresa de Ávila merecía haber sido impreso en las tarjetas del célebre Stork Club de Nueva York, donde en los años cuarenta del siglo pasado bebían y desplegaban sus alas los cisnes más blancos de la ciudad. Era un club clandestino, pero solo para quienes no tenían nada que ofrecer a la fama y a la seducción. Por allí pasaban todas las celebridades del momento y se juntaban con las niñas doradas del Upper East Side, de apellidos famosos, entre otras: Gloria Vanderbilt, Oona O’Neill (hija del dramaturgo ganador del Nobel), las Bouvier, las Astor, todas apacentadas por Truman Capote, quien usó más de la mitad de su talento solo en elaborar frases ingeniosas y réplicas malvadas que divirtieran a aquel rebaño que se congregaba en torno a la aceituna del Martini.

Bastaba con que cualquiera de ellas despegara sus labios rojos para que todo alrededor oliera a dinero. ¿Qué habían hecho esas criaturas aladas para derramar tanta felicidad? Nacer en una familia adecuada, una de esas que con solo un estornudo ponía de los nervios a todo Wall Street. Pero ahí estaba Truman Capote para dar sentido a su vaga existencia mediante el juego sorprendente de las palabras. De Oona O’Neill decía: “Solo tiene un defecto, es perfecta”. Pero en el Stork Club el ingenio estaba muy repartido. Alguien preguntó a Gore Vidal por qué no había saludado al pequeño Capote. “Es que le he confundido con un puff”, contestó.

Después de libar como una abeja todas las flores de Taormina y sobrevolar las fiestas de París, la nieve de Saint-Moritz, los sillones blancos de la Costa Azul, de Isquia, Capri, Positano y los turbios almohadones de Tánger, siempre rodeado de personajes pasados de la raya, Truman Capote volvía al Stork Club para reunirse de nuevo con sus criaturas; y ellas, en aquellos oscuros divanes, en los aperitivos en el Oak Bar del Plaza, en los yates o en los jets privados hacia Jamaica, le contaban sus secretos, sus infidelidades, sus vicios y las veces que habían intentado cortarse las venas.

Fiel a su principio de que todo lo que hace la literatura no es más que un chisme, después de escribir la obra maestra A sangre fría, con la que fundó el nuevo periodismo, ahogado su talento en alcohol y barbitúricos, quiso añadir un nudo más a la soga con que se ahorcó a los asesinos de Kansas. Convertido ya en un viejo peluche rodeado de almohadas, aquellas criaturas a las que durante toda su vida había tratado de seducir comenzaban a abandonarlo y para vengarse se dispuso a escribir una novela, Plegarias atendidas, en la que iba a sacrificarlas. Pese a su belleza, los cisnes son aves muy crueles y atacan con violencia cuando ven amenazados sus nidos. Si fuera cierto que se escribe para enamorar, para que te quieran, Capote había fracasado. Aquellas criaturas aladas acabaron por destrozarlo.

Por el Stork Club caía a veces en ese tiempo un joven elástico, rico, neurótico, inteligente, esnob y sarcástico, enfundado en un abrigo negro Chesterfield. Se llamaba J. D. Salinger y también trataba de seducir a aquellas muchachas de oro, a la vez que las despreciaba. Las volvía locas, pero no a todas. La adolescente de quince años Oona O’Neill le fue esquiva hasta que vio que aquel joven tan atractivo había publicado su primer cuento en la revista The Story, como lo hacían Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald y Capote. Iniciaron la mutua seducción en los divanes del Stork Club; Oona y Salinger eran esa clase de novios que se besaban todavía con los labios cerrados cuando cayó sobre ellos la Segunda Guerra Mundial. Salinger se alistó en el ejército, participó en el desembarco de Normandía y, mientras llovían hierros por todas partes, le escribía a Oona desde el frente encendidas cartas de amor, hasta que un día en un periódico que estaba leyendo un soldado vio la foto con la noticia a toda página de que Oona O’Neill, su novia tan inocente, aquel cisne blanco, se había casado con Charles Chaplin, cuarenta años mayor que ella.

Cada uno a su modo, Capote y Salinger, se vieron obligados a derramar lágrimas por las plegarias atendidas en el Stork Club. Ambos obtuvieron el éxito más resonante, uno con A sangre fría, otro con El guardián entre el centeno, y los dos perseguidos y atacados por aquellos cisnes blancos tomaron en su huida caminos distintos. Capote huyó por la intrincada senda del alcohol y las drogas hasta llegar a ese paraíso donde se vislumbra la séptima cara del dado, que es la muerte, y Salinger, bombardeado por el propio éxito, tuvo que enterrarse vivo en una granja de Cornish, donde su anonimato se convirtió en una leyenda, hasta el punto de que llegar hasta él era una misión tan difícil como encontrar un mono en Marte, siempre que el explorador fuera un periodista, biógrafo, crítico literario o editor, pero no si era una joven admiradora atractiva dispuesta a ser pasada por las armas 

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