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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 16 de febrero de 2022

Lloriqueos de un gobierno que se queda solo

Nicolás Maduro no se siente cómodo con la izquierda latinoamericana actual. Después de años de camaradería y de silencios cómplices, los nuevos discursos progresistas entienden que la deriva de Miraflores debe ser condenada. Políticos como el electo presidente Gabriel Boric en Chile, el desorientado gobernante Pedro Castillo en Perú o el candidato Gustavo Petro en Colombia insisten —algunos con más seguridad que otros— que el chavismo es un proyecto fracasado, autoritario y descontrolado en lo económico. Y esas acusaciones, que se dicen hoy, pero son verdaderas desde hace décadas, no caen bien al proyecto bolivariano, acostumbrado a las sombras frescas y oportunas que por años le brindaron algunos presidentes de la primera década y media del siglo XXI.

La izquierda de hoy, dice el mandatario venezolano, es una “fracasada y cobarde” que está en campaña contra su país y contra lo que él considera el “modelo bolivariano exitoso y virtuoso”. Consumido en su locura y en la narrativa que le permite pensar en su gobierno como uno triunfante, Maduro insiste en que la nueva izquierda es “cobarde frente al imperialismo y frente a las oligarquías”. Una demagogia vacía y rancia.

Gabriel Boric, quien asumirá en La Moneda el 11 de marzo, es la cara más representativa del progresismo que rompió con Caracas. Como líder estudiantil primero, como candidato después y en últimas como presidente electo, el chileno insiste en que bajo el mando bolivariano Venezuela ha padecido un “brutal” retroceso democrático y económico. Por su parte, el peruano Pedro Castillo, quien pareció elegirse con banderas de izquierda, pero al que hoy sería difícil concederle algún tipo de ideología medianamente coherente, aseguró que su proyecto está lejos de buscar algo similar al modelo bolivariano, del que, dijo, no hace parte. En últimas, Gustavo Petro, desde estas tierras, puede presentar credenciales críticas contra el chavismo desde hace varios años, cuando insistió en que el sistema vecino había fracasado tanto en lo social como en lo económico con un apego pernicioso al extractivismo petrolero.

El evidente aislamiento del gobierno bolivariano, que aún respira por la tibieza de presidentes como el mexicano López Obrador o el argentino Fernández, incapaces de construir un discurso geopolítico de futuro, se hace evidente con enfrentamientos públicos como el que narramos. Y en medio de esa recomposición, de viejas y nuevas tendencias, sobrevuela el nombre de Luiz Inácio Lula da Silva, quien podría ser decisivo para inclinar la balanza. De lograr la presidencia de Brasil, como hasta ahora parece muy probable, su postura respecto a Caracas será definitiva. Ya desde hace años, incluso en sus últimos momentos de gestión, Lula mostraba reticencias frente al socialismo del siglo XXI. Es muy probable entonces que, de ser elegido, profundice su inconformismo. Tendremos que ver qué tiene para decir frente a eso un chavismo cada vez más solo, al que algunos le sueltan la mano por conveniencia y otros por convicción 

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