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Rafael Isaza
Columnista

Rafael Isaza

Publicado el 22 de enero de 2022

Los chanchullos

Amable lector. Hace poco se conoció que Andrés Mayorquín, asesor de la Presidencia de Colombia, y su esposa Karen Váquiro, también vinculada al gobierno nacional, obtuvieron 24 contratos por un valor de $ 1.200 millones. Según las conmovedoras explicaciones que han dado a los medios de comunicación, del monto recibido debieron cancelar los impuestos sobre las ventas y el de renta; y, como es obvio, el valor inicial se redujo a cerca de $ 500 millones.

Y agregaron que hay que tener en cuenta que en los negocios también se pierde, tal como les ocurrió. En resumen, al final les quedaron a duras penas $ 268 millones, que en tres años de trabajo equivalen a una suma del orden de $ 8 millones mensuales, que es muy diferente a $ 1.200 millones.

Otro caso un poco diferente se presentó en el segundo semestre del año anterior, en un contrato para la prestación de servicios de internet en las regiones marginadas de Colombia, por un monto superior a un billón de pesos. Todo comenzó con un anticipo de $ 70 millones entregado a la unión temporal Centros Poblados.

A pesar de tratarse de un contrato por una suma considerable, ni la ministra Karen Abudinen ni sus inmediatos colaboradores se dieron cuenta de las notorias manipulaciones bajo las cuales se formalizó este contrato. Al final, en pocas palabras, se lamentaron de que fueron engañadas en su buena fe.

Bajo la presidencia de Juan Manuel Santos, entre otros actos de corrupción, figuran los de Roberto Prieto en relación con negocios de Odebrecht. Y otro con Alfonso Prada Gil, exdirector del Sena, cuestionado por sus malos manejos. Y del mandato del doctor Álvaro Uribe Vélez, el viceministro de transporte Gabriel García Morales, ampliamente recomendado, fue condenado por recibir dineros de Odebrecht.

Ocurre con mayor frecuencia de lo que se supone que muchas personas que son nombradas para altos cargos del sector público no tienen ni la capacidad ni el criterio para desempeñarlos de manera eficiente. Algunos que son buenas personas, además, carecen de la malicia que se requiere para evitar que otros se queden con los recursos que deberían satisfacer las necesidad de los que viven en condiciones infrahumanas.

Lo más preocupante sobre el tema de la corrupción es que el país, poco a poco, se ha ido acostumbrando a ver este flagelo como algo natural.

Quienes desempeñen cargos de responsabilidad y manejo, para que no sean sorprendidos en su buena fe, es forzoso que se ocupen de averiguar cómo viven sus subalternos. Basta tener cuidado con averiguar discretamente cómo les rinde tanto el dinero. Esta tarea la deben realizar antes de que se enteren por los medios de comunicación sobre los chanchullos que hicieron las personas de confianza.

Moraleja: Todo pícaro es servicial y simpático 

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