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Andrés Oppenheimer
Columnista

Andrés Oppenheimer

Publicado el 02 de febrero de 2022

Los falsos remedios contra la corrupción en Latinoamérica

Los alarmantes niveles de corrupción en México, Argentina y otros países latinoamericanos reflejados en el nuevo ranquin de Transparencia Internacional prueban lo que muchos de nosotros sospechamos desde hace tiempo: las soluciones unipersonales para combatir la corrupción son una quimera. De hecho, la mayoría de los presidentes que basaron sus campañas presidenciales en promesas de erradicar la corrupción —desde Hugo Chávez en Venezuela hasta los actuales líderes populistas de México, Brasil y Argentina— no lograron reducir el problema o lo han empeorado.

Según el Índice de Percepción de la Corrupción 2021, recientemente publicado por Transparencia Internacional, un grupo no gubernamental con base en Berlín, Alemania, que lucha contra la corrupción, varios países latinoamericanos están entre los más corruptos del mundo.

En el ranquin de TI, que va en orden descendiente de los países menos a los más corruptos, Dinamarca, Finlandia y Nueva Zelanda son los países más honestos del mundo. Más abajo en la lista están Estados Unidos y Chile, empatados en el puesto 27, Argentina y Brasil (96), Perú (105), México (124), Bolivia (128), Guatemala (150), Honduras (157), Nicaragua (164) y Venezuela (177). El ranquin se basa en parte en encuestas que miden la opinión de la gente sobre los niveles de corrupción gubernamental en sus propios países.

“Lamentablemente, casi todos los países de América Latina están estancados o retrocediendo en nuestro último ranquin, en comparación con el anterior”, me dijo Luciana Torchiaro, especialista en América Latina de Transparencia Internacional.

Argentina fue el país latinoamericano que más retrocedió en el ranquin 2021, cayendo cuatro puntos respecto al año anterior. Un escándalo relacionado con vacunas VIP para funcionarios públicos y sus amigos se sumó a la percepción pública de corrupción que rodea al gobierno del presidente Alberto Fernández. Un ranquin separado titulado Índice de Capacidad para Combatir la Corrupción (CCC), publicado el año pasado por Americas Society and Control Risks, concluyó que “la lucha contra la corrupción en América Latina sufrió una nueva ola de retrocesos” en 2021.

Los países que recibieron las calificaciones más bajas por sus esfuerzos para combatir la corrupción en el ranquin de la CCC fueron Venezuela, Bolivia, Guatemala, Paraguay y México.

Paradójicamente, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, afirma casi a diario que la corrupción en su país es cosa del pasado y culpa de otros gobiernos. “Ya puedo decir que no hay corrupción”, mintió López Obrador en una de sus conferencias de prensa matutinas. “Ya se acabó porque el presidente no es corrupto y no tolera a los corruptos”.

López Obrador es solo uno de varios populistas que hicieron campaña, y ganaron, presentándose como hombres providenciales que acabarían con la corrupción. Pero como me recordó Torchiaro, de Transparencia International, la idea de que un presidente pueda luchar solo contra la corrupción es absurda. “En América Latina estamos muy acostumbrados a los presidencialismos, a depositar todas las fichas en una persona, pero la lucha contra la corrupción exige institucionalidad”, dice Torchiaro. “Es un esfuerzo colectivo”.

Efectivamente, más que hombres fuertes, América Latina necesita instituciones fuertes. Con base en experiencias recientes, comenzando con Venezuela, donde Chávez prometió eliminar la corrupción y terminó convirtiendo al país en uno de los más corruptos del mundo, los países deberían desconfiar más que nunca de los demagogos que prometen terminar con la corrupción por el simple hecho de querer hacerlo.

En lugar de escuchar promesas vacías, los votantes deberían evaluar si los candidatos van a fortalecer los sistemas de control y las instituciones independientes y si le darán fondos a los organismos que luchan contra la corrupción. “Muchas veces, los gobiernos tienen un discurso anticorrupción muy fuerte, pero no destinan los recursos necesarios a la fiscalía y a las agencias anticorrupción para que puedan hacer su trabajo”, dice Torchiaro.

Las instituciones internacionales, los países ricos, el sector privado y los grupos de la sociedad civil también deberían unirse a la causa.

En suma, no es coincidencia que Dinamarca y otros países del norte de Europa que salen en estos ránquines como los más honestos del mundo sean democracias vibrantes. Y no es casualidad que casi todos los países más corruptos de América Latina, como Venezuela y Nicaragua, sean dictaduras. La clave para mantener honestos a los gobiernos, sea donde sea, es evitar la concentración de poderes y fortalecer las instituciones independientes. Nada de esto es ninguna novedad, pero muchos siguen sin entenderlo 

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