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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 13 de octubre de 2021

Los insignificantes

Los escritores compendian el tiempo. En cinco renglones atrapan un rasgo esencial de la humanidad, comprimido en un instante de algún personaje. Entonces el lector se paraliza, como si se enfrentara de repente a la escultura de Adán.

Es el caso de Iván Hernández, antioqueño por adopción y elección. En su novela “Las hermanas” (Norma, 1994) congeló el modo de ser de una persona aspirante a la insignificancia. Así narra:

“Muerta Raquel, el vínculo con el mundo se acababa, pues solo por medio de la hermana había establecido relación con todas las cosas. Al cabo de una semana Sara se había encogido hasta hacerse casi invisible (una de sus aspiraciones); a lo largo de su vida había querido no ocupar ningún espacio en el mundo, no se creía merecedora de él, y ahora, literalmente, dejó de ocuparlo”.

Si el Dane incluyera en sus contabilidades la cantidad de insignificantes, este país se sorprendería. No hacen ruido, no pretenden figurar, por eso no los cuentan. Pero ahí están, inofensivos y acomodados a su silencio absoluto. Su sola no presencia es una forma de reproche.

En la mitad del aturdimiento contemporáneo, estos seres gritan un reclamo inaudible. Les basta con existir, para que quien quiera escuchar escuche. Son los representantes del anonimato. Su flema, no obstante, señala alguna esencia. Ponen el dedo en una llaga innombrada.

Son, además, tercos, igual que la hermana novelada por Hernández. Su resistencia trasciende la muerte. Cumplieron toda la vida con la misión de interpelar a sus tal vez secretos admiradores. En el más allá, son reales y vaporosos por parejo. Así dan inspiración a esos cazadores de extractos que son los constructores de ficción.

Sara, la encogida, tal vez desconocía la fila larga de sus homólogos. Como ella, son personas negadas a la figuración, autorrecluidas en una libertad de pajarito. Quién quita que sean ellas las que salven este planeta de la catástrofe del bullicio.

Sin redes, sin memes, sin malos intérpretes de excelentes canciones clásicas, sin amistades bien posicionadas, los insignificantes rumian una vida de valores inversos. Son los adelantados de la música de las esferas, a donde iremos a parar los desenfrenados competidores contemporáneos. Su paso por la vida se relacionó con las sustancias 

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