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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 06 de diciembre de 2019

Los limpios de corazón

Limpieza es una palabra atrayente, amable, seductora. La limpieza no existe, existen las personas y las cosas limpias. La limpieza es un sustantivo abstracto, que existe en la mente con fundamento en la realidad.

La limpieza es uno de los infinitos atributos de Dios, que, dada su simplicidad absoluta, es un punto de vista de Dios, igual que la belleza y la bondad. Limpieza es pureza, integridad, transparencia, perfección. Es, según Ratzinger, “esa sencillez última que abre nuestra vida a la voluntad reveladora de Jesús”. ¡La dicha! ¡La mayor dicha!

Las cosas limpias son acogedoras, encantadoras, hacen sentir bien al que las posee o se encuentra entre ellas o con ellas. Una casa limpia, un vestido limpio, una palabra limpia, una mirada limpia, un corazón limpio, una persona limpia.

Una mirada limpia, un ademán limpio, son modos prodigiosos de comunicación, pues en ellos se cumple maravillosamente el eslogan de que los ojos son el espejo del alma.

Un día Jesús subió a la montaña y se sentó a enseñar. Habló de las bienaventuranzas, entre las cuales señaló ésta: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mateo 5,8). Son limpios de corazón los que ven a Dios, y los que son vistos de Dios. Es limpia la mirada humana que acoge la mirada divina. Secreto que cada uno debe cultivar.

La oración es el secreto de la limpieza, pues orar es cultivar la relación de amor con Dios, la limpieza suma. De la mirada divina le viene al hombre su transparencia, su limpieza de cuerpo y alma, una vida limpia, fruto de la oración. Como si el orante constatara en secreto: “Cuando tú me mirabas / su gracia en mí tus ojos imprimían”.

Otro día Jesús dijo a sus seguidores: “Ustedes están ya limpios gracias a la palabra que les he dicho” (Juan 15,3). Cuando oro, escucho a Dios, que me habla sin ruido de palabras, y su palabra me vuelve limpio en cuerpo y alma.

Cuando Jesús dice en el Sermón de la Montaña: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”, es como si trajera a la memoria la mirada limpia que de niño percibió tantas veces en los ojos limpios de su Madre. Lo que se aprende de niño no se olvida jamás. María, la maestra por excelencia de Jesús, la Inmaculada.

En medio de tantas realidades no limpias, como la mentira, la envidia y la avaricia, el hombre el siglo XXI hace bien en cultivar la limpieza de cuerpo y alma, admirable sentido de la perfección.

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