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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 23 de abril de 2021

Los ojos, misterio maravilloso

No hay cómo ponderar la maravilla de los ojos, comenzando por el secreto del zorro al Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos, solo se ve bien con el corazón”, igual que la memoria de estos versos: “Ojos claros, serenos, / que de dulce mirar sois alabados... / si cuanto más piadosos, / más bellos parecéis a quien os mira”. Más de uno se habrá quedado absorto contemplando en el espejo el misterio de sus ojos.

De San Benito (480-547) sabemos que una noche se fue a dormir en la parte alta de una torre por “una empinada escalera”. Después de dormir un rato, se fue a orar junto a la ventana, y de repente, una luz de lo alto disipó la oscuridad, y vio el mundo entero como un solo rayo de luz. El cielo y la tierra no se estrecharon, sino que se dilató la mirada de quien contemplaba.

El novelista más avezado envidiaría el relato del ciego de nacimiento. Jesús escupe, hace barro con la saliva y unta con el barro los ojos del ciego y lo manda a lavarse en la piscina de Siloé. “Se lavó y volvió ya viendo” (Juan 9,7). Jesús ya había afirmado: “Yo soy la luz del mundo”, y que quien lo siga “no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

El evangelista Lucas (24,35-39) cuenta cómo Jesús, después de su resurrección, se presentó en medio de sus discípulos con el saludo de la paz. Ellos, atónitos y muertos de miedo, creían ver un fantasma. Mas él les dijo: “¿Por qué se asustan? Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo [...] Era tanta la alegría y el asombro, que no podían creerlo”. Pura fascinación.

Esta confidencia deja perplejo al lector: “Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). El cielo es asunto de ojos, la “visión beatífica” de la teología, y que S. Juan de la Cruz canta extasiado: “Gocémonos, Amado, / y vámonos a ver en tu hermosura”. Para el poeta, la hermosura es el Amado, el Resucitado.

Con la resurrección de Jesús comienza un mundo nuevo, que sorprende a los discípulos hasta creer que es un fantasma. Lo que significa un cambio radical de visión de la realidad, anticipo del paraíso, pues el Resucitado hace de los discípulos otros siendo los mismos, de cobardes y egoístas, los vuelve valientes y generosos.

La pandemia es mi oportunidad para cultivar mis ojos, destinados a contemplar sin fin la hermosura divina

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