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Publicado el 18 de mayo de 2019

LOS PARTIDOS TRIBUNICIOS

Por Amelia Valcárcel

Conocemos poco la democracia porque es muy joven aún. Allá donde presume de ser más vieja no alcanza los dos siglos. Las verdades de las ciencias naturales se establecen sobre una capacidad de observación de conductas repetidas de modo uniforme durante enormes periodos de tiempo. Las verdades de las ciencias humanas no cuentan con tal sedimento de seguridad. En realidad vamos pensando los fenómenos casi a medida que se producen y con el inconveniente añadido de que nuestro pensamiento los modifica.

De la República romana conocemos la institución de los Tribunos de la Plebe. Esto interesó pronto a nuestras figuras de la teoría política moderna, a Montesquieu por ejemplo, el más fino de los investigadores sobre esa primitiva politeia. Sin ser para nada una democracia como las que conocemos, Roma tuvo una forma de república aristocrática en la que tales cargos se suponían portavoces de los deseos y, sobre todo, de la indignación de los de más abajo. Eran, como lo fueron los Gracos, defensores del pueblo y transmisores de sus pensamientos. De ahí que ahora, cuando el fenómeno que se nos presenta en las democracias actuales es el populismo, se haya decidido llamar “partidos tribunicios” a un tipo peculiar de actores políticos. Son partidos tribunicios aquellos que recogen la indignación de la gente que se cree no atendida por los partidos con poder de gestión. El temor de mucha gente en nuestras sociedades es ser poco o nada interesante. Valer poco y contar menos. Lo peculiar de estos partidos tribunicios es precisamente que lo que gestionan es esa indignación; le dan forma, aunque no puedan darle objetivos. Los partidos tribunicios crecen deprisa. Marcan una agenda imposible de resolver y obtienen apoyo con independencia del voto anterior. Por ejemplo, grandes zonas que eran caladero de voto seguro para los comunistas franceses están ahora en manos de Marine Le Pen. El voto ha cambiado de un extremo a otro del espectro. Es también así la presentación de esos contendientes: reniegan de que izquierda o derecha sean polos significativos y aducen que sólo ellos representan una nueva geografía política.

Este tipo de agrupaciones están proliferando en todas las democracias, sobre todo calculando la fuerza de los miedos globales: el paro, la inmigración, la pérdida de protagonismo nacional, la debilitación de las clases medias. Tienen sus enemigos naturales, epistemológicamente hablando, en los puntos de vista que se desarrollan con exigencia de una mirada global: el ecologismo, el feminismo. Porque tales agrupaciones tribunicias no pueden siquiera concebir varios de los problemas elementales a los que nos enfrentamos. Si normalmente una democracia rehúsa conocer a las claras que su marco nacional es insuficiente para resolver sus desafíos, en el caso de los partidos tribunicios se organiza una verdadera carrera hacia el pasado. Allí lo que se desea es que nada de lo que conforma nuestro presente haya sucedido: predican y quieren que el mundo se pare. La globalización está sometiendo a nuestro mundo a tensiones nuevas que exigirían liderazgos inteligentes. Pero, por el contrario, se siente el latido del miedo y la negra nostalgia azuza la carrera hacia atrás. Nadie puede sensatamente creer que el mundo va a pararse, pero puede querer que pase. Asia, China, África existen. América Latina existe y no va a parar su movimiento un muro, una muralla trumpiana, que impida su subida. Las migraciones forman parte del mundo hipercomunicado. Las mujeres como individuos existen. No van a dejar de serlo para recuperar su antigua obediencia. El cambio climático como consecuencia de la acción humana existe: no va a revertir comiendo jamón y yendo a los toros.

La democracia multiplica los actores, no los modos ni las soluciones. Hace nueve bíblicos años Stéphane Hessel aconsejó a la ciudadanía que se indignara. Su libro batió marcas de ventas y reseñas. Estábamos soportando más de lo razonable a unos políticos de corto alcance y unos financieros de largas uñas. En efecto, la indignación comenzaba a palparse. Lo que nunca se sabe es dónde acaba y a qué va a servir de combustible. El voto indignado a veces concurre adonde le indignan todavía más, aunque no sea con los mejores argumentos. La adrenalina parece solución bastante. De ahí los cambios asombrosos y los saltos a los extremos. Cuando la gente tiene el voto como una de sus propiedades valiosas, tiene también la tentación de usarlo para hacer estallar el enfado.

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