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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 13 de abril de 2021

Machistas de izquierda, uníos

Nos están venciendo por aplastamiento y sin argumentos. Bajo la falaz aseveración de que la opinión de todos es igual de válida, sin importar que quien la propague sea un zoquete que no ha leído ni la etiqueta de una botella de aguardiente o un pseudo ilustrado 2.0 de Wikipedia y Google, se ha instalado un pestilente pensamiento único que ha condenado la cortesía de toda la vida a las penas del infierno. Cual inquisidores de taberna, la ultraizquierda piojosa, esa que detesta las buenas maneras y recela de los modales refinados, la misma que pedía sangre a borbotones en el Comité de Salvación Pública y que, entre el regocijo de los desharrapados, llevó a 40.000 personas a la guillotina durante el terror radical de la Revolución Francesa, ha logrado sembrar de sospechas cualquier galantería y salar de tosquedad los campos del urbanismo burgués, confundiendo el igualitarismo con la zafiedad más primitiva.

Esa misma izquierda sans-culotte que afea cuanto toca con su presunto feminismo me haría ahorcar, o al menos me lapidaría en ese nido de víboras que habita en algunas redes sociales, de haber escuchado el consejo que el otro día les di a mis hijos. A Diego le previne de cualquier mujer que se molestara si le abría la puerta o le ofrecía asiento. A Malena, de cualquier varón que no tuviera la delicadeza de mostrar esos simples gestos de galantería.

Puede que no se sea mejor persona por no botar basura en la calle, por no escupir, lucir aseado y no maldecir a cada instante. Puede incluso que tras una mujer o un hombre bien vestidos, perfumados, cultos y cumplidores de todas las etiquetas y protocolos se escondan hábitos que no se corresponden, pero igual que tras el primer rayo de luz matinal adivinamos el amanecer, estos signos suelen mostrar indicios de otros más profundos y benéficos.

Viene esto a cuento del silencio cómplice de todo el feminismo radical ante el desplante del presidente de Turquía a su homóloga de la Comisión Europea, la alemana Úrsula von der Leyen. El llamado “sofagate” ocurrió hace una semana en Ankara durante la visita oficial de los representantes de la Unión Europea. En concreto, el presidente del Consejo de la UE, Charles Michel, y de la Comisión Europea, Von der Leyen. En un acto público, el mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan, que lleva casi 20 años manejando los hilos del país otomano, sentó en una silla a su vera a Michel relegando a Von der Leyen a un sofá. Un sofá muy alejado de la conversación entre los dos varones.

Pueden buscar las imágenes de la humillación a la presidenta de la Comisión Europea, están en todas partes. Lo que no verán serán las críticas de las feminazis al presidente turco, representante del islamismo en una nación creada por Ataturk para deshacerse precisamente de ese lastre. ¿Saben por qué? Porque Turquía es aliada de Maduro, de Díaz-Canel y de Putin. Todos ellos reconocidos feministas, de esos que se llevan a unas amigas a Los Roques los fines de semana para un seminario sobre igualitarismo y heteropatriarcado. Demagogia a discreción

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