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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 26 de marzo de 2022

Madeleine Albright

A los dos años ya era una refugiada. Su familia, de origen judío, tuvo que abandonar Checoslovaquia para huir del nazismo. Unos años más tarde, en 1948, su familia tuvo que irse al exilio una vez más para salvarse de la pesadilla del comunismo, emigrando a los Estados Unidos. Desde los primeros pasos de su vida tuvo que aprender el costo de vivir en regímenes totalitarios; por eso la libertad se convirtió en el ideal y la causa de su vida. El miércoles, a los 84 años, nos dejó Madeleine Albright, la primera mujer en convertirse en la jefa de la diplomacia de Estados Unidos durante la presidencia de Bill Clinton.

Se consideraba una optimista que se preocupaba mucho. El optimismo estaba radicado en su experiencia en Estados Unidos; en la historia, los valores, la Carta de Derechos de este país. Pero su historia personal también le sugería ser prudente porque sabía que la democracia es una realidad frágil, imperfecta y perfectible. Albright recordaba que la impresión que su padre (un diplomático y profesor universitario) tuvo de Estados Unidos era que los americanos estaban tan acostumbrados a la libertad que daban por sentada la democracia. Era esto lo que, en los últimos años, más le preocupaba a la exsecretaria de Estado.

De hecho, ella identificó en la elección de Donald Trump un peligro para la democracia de su país. Reconoció en aquel fenómeno político la posibilidad de una opción fascista capaz de quebrantar la democracia estadounidense. Se preguntó, en el libro Fascismo: una alerta: “¿Por qué muchas personas en posiciones de poder buscan socavar la confianza pública en las elecciones, los tribunales, los medios de comunicación y, en la cuestión fundamental del futuro de la tierra, la ciencia?”. Resaltó que las actitudes fascistas se afianzan cuando no hay anclas sociales y “cuando crece la percepción de que todos mienten, roban y se preocupan solo por sí mismos”. Por eso le preocupaba “el surgimiento de líderes que buscan dividir en lugar de unir, la búsqueda de la victoria política a toda costa”. Estas palabras de Madeleine Albright suenan proféticas en el incierto clima electoral que estamos viviendo en Colombia. Son palabras que nos advierten.

Tuve el placer de compartir algunos espacios con Madeleine Albright. Recuerdo en particular una vez, en Madrid, durante una conferencia contra el terrorismo. Estaba yo sentado en las últimas filas de una sala de conferencias y Albright se sentó a mi lado. Sacó de su bolso un cuaderno y un lápiz y comenzó a tomar notas como una persona más en la audiencia, sin buscar atención, sin ninguna actitud de poder o privilegio. Con humildad, tomó notas, interesada, curiosa, atenta. Era una trabajadora incansable que hasta los últimos meses de su vida dio clases de diplomacia en la Universidad de Georgetown. Una mujer extraordinaria y una gran líder, una rareza hoy en un panorama donde las democracias son cada vez más frágiles y tenues 

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