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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 14 de agosto de 2019

“Manizalados”: consuelo para los amigos

Esta novela caldense cuenta de un hombre que quería escribir el gran libro sobre su vida, al mismo tiempo que su vida se lo impedía minuciosamente. Su leit motiv es una maquinita Olivetti Lettera 22 que en vano lo acompaña a través de las barbaridades de militante maoísta, casi loco en clínica de rehabilitación, huelguista, juerguista, bisexual, sobreviviente de madre castradora y de la erupción del Ruiz.

La carátula de la cuidadosa edición, sin registro de editorial, identifica al autor con un alias: “El Flaco Jiménez”. Las solapas y la contratapa dan pistas sobre una peligrosa cercanía entre autor, narrador y protagonista. Fiel a la clandestinidad de los años izquierdistas, y tal vez para no alborotar las furias de los ancestros manizaleños, solamente en el copyright se asoma el nombre de su cédula: Manuel Fernando Jiménez García.

“Manizalados”, el saleroso título, se destaca por un humor que bordea el panfleto. Miguel de Cervantes Zuluaga –¡así se llama el protagonista!- “había cambiado la política por la poética, el maximalismo por el mamagallismo y el materialismo dialéctico por el alcohol antiséptico”.

De sus pasiones juveniles, cambiar el país y el mundo, ser un guerrillero famoso, ganarse el Nobel de Literatura, meter en sus venas las sustancias del más allá, demostrar una potencia sexual válida en todas las trincheras, le fue quedando el ansia de las letras: “yo quiero escribir una novela, que tampoco sirve de nada pero por lo menos será un consuelo para los amigos”.

La cohorte de los amigos, esta parece ser la recompensa de El Flaco tras un periplo de repudio por todas las instituciones. La de la religión, ante el inconveniente del Cristo de Dalí, pintado desde arriba y no de frente: “mi madre odiaba ese Cristo porque no podía verle el rostro adolorido. No tiene por dónde rezarle, decía la vieja”.

La de los infinitos grupos de izquierda: “las discusiones eran interminables. Que si la revolución era permanente o espasmódica. Que si la cosa era por etapas como la Vuelta a Colombia o de una sola tirada como los 100 metros planos”. La del degolladero nacional: “todos los días enterrábamos algún compañero, y eran tan comunes los asesinatos que cierta vez se formó una cola en la morgue de Apartadó para curiosear el cadáver de un sindicalista que había muerto de muerte natural”.

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