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Columnista

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Publicado el 03 de agosto de 2021

Mi abuela ‘zero waste’

Por Najat El Hachmi

Nosotros, los que volvíamos todos los veranos procedentes del mundo civilizado, nos burlábamos de sus primitivas costumbres: mi abuela vivía en una casa hecha de adobe que encalaba todos los años, barría con una escoba “de mano” que hacía ella misma con ramitas recogidas aquí y allá. Fregaba el suelo con agua de lavar las verduras o la hierbabuena y un trapo que en realidad era algún jersey viejo ya irreconocible. Tostaba el pan del día anterior para el desayuno y remojaba los mendrugos en agua, los mezclaba con salvado y se lo tiraba a las gallinas. Los huesos iban para el perro, los restos de comida a un rincón de fuera de casa que acababa de abono de los campos. Lavaba los platos con estropajo de esparto, si alguna mancha se resistía la frotaba con barro. La ropa la restregaba contra una gran piedra a orillas del río con su pastilla de jabón. Cuando ya no podía remendarse más, la cortaba a tiras y tejía con ellas coloridas alfombras. Limpiaba pacientemente las pieles de cordero con piedra de alumbre y luego las usábamos para sentarnos en el suelo. Fuimos nosotros quienes le llevamos deslumbrantes utensilios que invadieron su casa de todo tipo de plásticos.

Si se paseara por el barrio gentrificado en el que vivo, a mi abuela la asombraría descubrir que las tiendas más modernas se dedican a vender y difundir sus métodos tradicionales. Toallas higiénicas de tela, pañales lavables, productos a granel y cereales sin refinar. Estoy segura de que lo que más la sorprendería sería fijarse en los precios y que aquello que ella usaba porque era lo barato y estaba más al alcance, es ahora lo más caro. La harina de cebada con la que pastaba el pan de cada día triplica el precio de la de trigo refinada. A ver cómo le cuento yo que lo antiguo se ha vuelto nuevo porque después de muchos años de abrazar un progreso que en realidad se ha demostrado destructivo (podría leerle el discurso que hizo Miguel Delibes al entrar en la Real Academia), muchas personas se han dado cuenta de que usar y tirar todo y llenar nuestras vidas de veneno no es precisamente una buena idea. Lo más difícil sería tener que describirle el ecogomelismo: que lo sencillo, simple y barato se haya convertido ahora en un signo de estatus social

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