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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 19 de agosto de 2021

Mi casa

Casa es una palabra hermosa, me inspira infinidad de sentimientos buenos. Mi casa es el lugar donde habito, mi ambiente favorable, mi abrigo protector. Mi casa es acogedora en grado sumo. Vivir en ella es fuente inagotable de felicidad, de la cual participan todos sus moradores, con gran entusiasmo, entendido etimológicamente como endiosamiento.

Casa y habitar van de la mano. Mi casa forma parte de mi ser. Acepta lo que yo hago por ella. Si me intereso en mantenerla limpia, ordenada, decorada y acogedora, la limpieza, el orden, la decoración y la acogida es lo que ella me devuelve en maravillosa reciprocidad, como si un deleite inenarrable anticipara en la tierra la morada celestial.

El hombre es un ser de símbolos. Símbolo es una cosa que remite a otra. Hay una casa del cuerpo y una casa del alma. La casa de mi cuerpo es símbolo de la casa de mi alma. Mi cuerpo es la casa de mis cinco sentidos: ojos, oídos, olfato, gusto y tacto. Y mi alma es la casa donde moran mis tres potencias: entendimiento, memoria y voluntad. Una y otra despiertan en mí gran solicitud.

Hay una casa humana y una casa divina. En la casa humana, que es una construcción, vive el hombre. En la casa divina, que es el cielo, vive Dios. La casa de Dios no se parece a la del hombre, pues la casa de Dios es Dios mismo. Ahora bien, Dios vive en sí mismo y en todas las cosas, comenzando por el hombre, casa de Dios por excelencia. Y así hago mío el lema del Cantar de los Cantares (3, 16): “Mi Amado es para mí y yo para mi Amado”. Dios, mi Amado, vive en mí; yo, su amante, vivo en Él. Dios, mi Amante, vive en mí; yo, su amado, vivo en Él.

Un día se acercó un centurión a Jesús para suplicarle que fuera a curar a su criado. Jesús le dijo que iría. Y el centurión le respondió: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; pero una palabra tuya bastará para sanarlo”. Para el centurión, de una gran sensibilidad espiritual, Jesús vivía ya en la casa de su corazón. Esta plegaria recorre cada día el mundo entero.

Hombre del siglo XXI, hago de la pandemia la oportunidad de dar un sentido nuevo a mi casa, cultivando amorosísimamente mi intimidad y la de aquellos con quienes comparto la vida familiar. Y, así, ver en la casa donde vivimos un símbolo de la casa de Dios,que es cada uno de nosotros

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