Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 14 de febrero de 2019

Miedo

Yo tuve un arma de fuego durante un año, una grande, no una pistolita para esconder en la guantera de un carro, ni en la bragueta para dar falsas impresiones, no, una muy grande que disparaba balas que alcanzaban más de un kilómetro y su efectividad era casi perfecta. Mi fusil podía traspasar cuerpos, uno tras otro, destrozar piernas y manos, matar corazones, arruinar familias en menos de un segundo. Según me decían, aquel fusil me hacía ver imponente, temerario, con él al hombro pocos se acercarían a hacerme daño.

Lo mantenía cargado cuando salía por la calle, como debía ser. Nunca le puse un nombre, nunca desarrollé por él ningún afecto, como otros sí lo hicieron. Nunca lo sentí mío, así él valiera más que yo, al menos eso decían aquellos hombres que se creían los rangos y eran felices cuando me pisoteaban como una cucaracha. Nunca, le dije el primer día que lo tuve en mis manos, te dispararé, no nací para matar a nadie, así cuando presté mi servicio militar obligatorio en el Ejército, me dijeron que podía llegar el caso donde era el otro o yo.

¿Y por qué estaba dispuesto a no disparar contra alguien? Primero, porque nunca he creído que de mí dependa la vida de otro, así haya odio o amenaza (qué terrible suena la palabra odio). La vida de alguien para mí es sagrada, la vida del otro es de él, no mía; segundo, porque si hubiera tenido que disparar esa terrible arma de fuego, la ruta que emprendería la bala en las calles donde patrullábamos, podría llegar a un destino que yo lamentaría siempre: otro ser humano que iba por ahí viviendo la vida.

Sé que muchos se enamoran de las armas, las abrazan, se sienten seguros, yo, que tuve un fusil, uno muy grande y pesado, cuando estaba con él me sentía inseguro, vulnerable. Tener un arma te da la oportunidad de dispararla, y eso es terrible. Las armas nunca darán seguridad, tampoco montones de policías y cámaras en todos los rincones. Lo único que dará seguridad será la educación y la cultura, la eliminación de la pobreza, esas sí son armas poderosas que cuestan pero cuyos resultados son eternos, heredables, transformadores. Aprender a respetar al otro, no sentirse el más fuerte es muy sano. A mí me gusta caminar por mi ciudad sin miedo, lo hago incluso ahora que a muchos les dio por tener miedo, no sé si me hice fuerte en aquellos días donde las bombas explotaban todos los días y vi morir gente al frente de mi casa. No siento miedo en mi ciudad, camino por ella a pesar de ser ella, no tengo miedo así otros tengan sus armas y las disparen, así pueda morir en cualquier parte porque sí, por güevón, dirán algunos, pero la ciudad nos pertenece, las calles son nuestras, al igual que la vida. La vida sigue a pesar de, la vida siempre será nuestra así nos quieran amedrentar.

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