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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 15 de junio de 2021

¡Misak, a por el Castillo de San Felipe!

Los vándalos han ganado. La estatua de la Reina Isabel la Católica, que otorgó en las Leyes de Indias por primera vez en la historia derechos a los pueblos conquistados, algo que nunca hicieron con sus enemigos los distintos emperadores y caciques precolombinos, ya no recibirá junto a Cristóbal Colón a los viajeros que lleguen a El Dorado. Si los violentos iletrados ganan es porque el Gobierno ha cedido. La ministra de Cultura, Angélica Mayolo, retiró el pasado viernes con nocturnidad y alevosía los bronces a Isabel de Castilla y a Colón después de que indígenas misak las tiñeran de carmesí y luego se ensañaran con ellas. Muy valientes ellos.

Se abre ahora un proceso de “diálogo” en el que quiero participar. Tengo entendido que los misak conservan su lengua materna. También que su población, concentrada sobre todo en el Cauca y en menor medida en el Huila y Valle del Cauca, ha ido en aumento. Al parecer, la única fuente documentada, la del cronista Antonio de Herrera, señala que fue Sebastián de Belalcázar, gobernador de Popayán, quien se trajo a los misak desde el Perú. El resto de los orígenes, que los sitúa en Colombia desde el principio de los tiempos, son meras hipótesis.

Pues bien, habría que recordar a los misak dos cosas. La primera es que de haber caído en manos de los ingleses no quedaría ni uno en pie. La segunda, que los pueblos precolombinos no eran precisamente hermanitas de la caridad. Empezando por ellos.

Aunque hay bobos que idealizan a las culturas amerindias como sociedades puras, que vivían en armonía natural, con el lirio en la mano en plan “hippie”, nada más lejos de la realidad. Por no recurrir a los clásicos mayas, emperrados en sacar el corazón a sus enemigos, veamos algunos otros ejemplos.

Los mexicas solían cocinar el cuerpo de la persona sacrificada para preparar el platillo llamado tlacatlaolli del que se disfrutaba como un manjar en los banquetes. Y es que en el imperio azteca no todo era de color rosa. Otros mataban a esclavos o «tlaaltitin» en rituales en los que el sacrificador enviaba los muslos al palacio real. Todo muy “friendly”.

En la misma Colombia, entre las muchas culturas expansivas, capturar la calavera del enemigo demostraba la bravura del guerrero. La crueldad y los sacrificios eran políticamente correctos. Por eso, los taironas no eran precisamente mancos. Practicaban una antropofagia ritual con los indígenas más valientes, que consistía en beber la grasa que se desprendía de su cuerpo cuando era cremado. Y los muiscas y los panches estaban todo el día zurrándose de lo lindo. Normal, ya que los panches o tolimas se dedicaban a robarles las mujeres y a comérselos. A ellos y a todos los enemigos que pillaban. Un festín muy respetable porque, oye, eran de allí de toda la vida.

Tengo en mi biblioteca un librito que guardo como oro en paño. Se trata de “La relación de Michoacán”, un texto del XVI de Fray Gerónimo de Alcalá en el que se relata con absoluta fidelidad la vida del pueblo p`urhépecha, ya que se trata de una traducción de los textos michoacanos, un pueblo que resistió con uñas y dientes a los mexicas. En él, se dan cuenta de la obsesión por la conquista de territorios, de la esclavitud de las ciudades vecinas y del canibalismo a algunos enemigos (“Tiaracuri mandö cocer a Naca y le dio a comer a sus enemigos”).

No quiero extenderme más, pues creo que ustedes lo tienen claro. Los españoles de entonces, sus antepasados en mayor o menor medida, no eran peores que las tribus precolombinas, si acaso algo más civilizados. Lo que habría que derribar, en vez de estatuas, es la estupidez de algunos. Pero va, espero que los misak sigan con su cruzada contra los vestigios imperiales y arrasen el Castillo de San Felipe. A ver si logran desmontarlo

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