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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 17 de agosto de 2019

Monos

Este fin de semana vayan a ver la película Monos. Una obra poderosa que, gracias a una fotografía evocativa, una actuación impecable, una banda sonora y efectos de sonidos capaces de inducirnos a un trance, permite hacer un viaje interior y explorar el abismo de nuestra propia humanidad. Los protagonistas son ocho adolescentes que al emprender la vida como una aventura, terminan luchando por sus propias vidas en lo profundo de la selva, condicionados por factores y voluntades externas que ellos mismos no pueden controlar. En la medida que experimentan la intensificación de la violencia y penetran lo más profundo de la jungla, los protagonistas, que inicialmente tienen cara de chicos urbanos, viven el colapso de cualquier límite moral; y terminan fundiéndose con la selva y sus reglas de sobrevivencia y selección natural.

Es imposible ver la película y no pensar en la novela El Corazón de las Tinieblas, de Joseph Conrad, en la cual el explorador europeo Kurtz se pierde en la selva africana donde termina personificando sus más profundas pesadillas; y acaba imitando al barbarismo que los europeos atribuían a los llamados salvajes, volviéndose así más salvaje que los mismos bárbaros. “La naturaleza sin límites lo había acariciado y blanqueado”, escribe Conrad”. Había acogido a Kurtz, lo había amado, abrazado, se le había infiltrado en las venas, había consumido su carne, había sellado su alma con la suya por medio de ceremonias inconcebibles de alguna iniciación diabólica. Lo había convertido en su favorito, mimado y adulado”. En Monos somos espectadores del mismo colapso de la humanidad de los protagonistas, en la medida en que estos se confunden con la jungla, sus leyes, y abandonan cualquier límite.

Solo que la selva no es un lugar lejano. Monos nos recuerda que la selva vive dentro de nosotros mismos. Que nosotros también podemos progresivamente pasar de civilizados a bárbaros, cada vez que deshumanizamos al otro, asumiéndolo como a un enemigo y lo privamos de rastros de humanidad, nos convertimos en unos salvajes. Hablamos como salvajes y actuamos como ellos. Es lo que observamos hoy en Colombia y en muchas partes del mundo, donde somos testigos del colapso ético y moral del discurso político y de su práctica. En los negocios, somos testigos muchas veces de un capitalismo rapaz, que atropella derechos, necesidades, vocación de territorios y de su gente, convencidos de que el progreso es sinónimo de acumulación de riqueza. Estamos frente a un descenso progresivo hacia la barbarie.

De toda las escenas de la película, una me quedó particularmente grabada. Son los ojos de uno de los adolescentes que se llenan de lágrimas, signo de un estado de conmoción que solo es posible cuando nos reconectamos con nuestra humanidad. Lágrimas que pueden ser por la nostalgia de algo que se perdió, pero que revelan también la esperanza de algo que se puede recuperar. ¿Cuál es la salida del barbarismo? Es reconectarnos con nuestra misma humanidad para poderla reconocer también en cada ser humano. Es preguntarnos quiénes somos, para volvernos conscientes de cuál es la esencia de nuestro existir. Es despertarnos como seres conscientes.

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