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Publicado el 02 de diciembre de 2021

Monterroso nació clásico

Por Enrique Vila-Matas

Una vez dije que veía solo tres temas esenciales: el amor, la muerte y la nariz de Cleopatra. Y propuse que, si alguien no simpatizaba con la reina egipcia, sustituyera su conflictiva nariz por la de Malraux. En realidad, no me habría metido en semejante berenjenal de no haber buscado urdir una variante de la sentencia de Augusto Monterroso en Movimiento perpetuo: “Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas”. A aquella sentencia podríamos añadir ahora otra, también de Monterroso, y de ese mismo libro: “La mosca que hoy se posó en tu nariz es descendiente directa de la que se paró en la de Cleopatra”. De ahí a esta anotación de Blaise Pascal hay solo un paso: “Si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, toda la faz del mundo habría cambiado”. ¿Quiso decir que un pequeñísimo detalle es más poderoso de lo que creemos? Es probable que así sea, y la prueba la tenemos en la persistencia mágica de ese famoso dinosaurio que está ahí siempre cuando nos despertamos, el dinosaurio del relato más corto del universo, el dinosaurio del cuento de ese maestro de la concisión que fue Monterroso, que el próximo 21 de diciembre habría cumplido cien años.

“Exacto en su palabra, Monterroso nació clásico”, escribió Elena Poniatowska. Quizás su relación con los clásicos ha podido pasar desapercibida para algunos, pero tuve ocasión de captarla con toda claridad cuando para mi sorpresa una noche me pidió prestado un breve libro de Pepe Bergamín, La música callada del toreo, que días antes él me había visto robar con éxito en el curso de una presentación en Barcelona de un libro de Anthony Burgess (no es una disculpa: lo birlé después de ver que Burgess robaba con gran habilidad la traducción del Ulises al catalán).

Le presté La música callada del toreo y, dos semanas después, al devolvérmelo, Monterroso dejó caer un elogio de la prosa de Bergamín, tan profundamente enraizada, dijo, en la de los clásicos españoles del Siglo de Oro. Y recuerdo que ese día pensé que Monterroso tenía aquel “tercer oído” del que nos hablara Nietzsche: el del que escucha las armonías superiores. En esto se parecía a Bergamín, para quien en el nivel “alto y profundo” de los verdaderamente grandes no había graduaciones de talento y ninguno era mejor o peor que el otro.

En el centenario de su nacimiento sigue ahí Monterroso. Persiste. Es algo que pudo presentir Italo Calvino cuando en 1985 lo incluyó en Seis propuestas para el próximo milenio junto a Borges, Bioy y Monsieur Teste, en el capítulo dedicado a “la rapidez”, donde advertía de los tiempos cada vez más congestionados —fue bien certero al elegir este adjetivo— que intuía que iban a venírsenos encima. Para esos monstruosos años congestionados —en los que parecía intuir que lo espantoso no sería el vacío infinito, sino la existencia— recomendaba que se ensayaran formas nuevas, ágiles y concisas, formas breves con densidad de contenidos. Y que, incluso por su propio bien, el mercado del libro no se dedicara a inmovilizar la experimentación de esas formas.

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