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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 01 de diciembre de 2020

Murciélagos, patógenos y deforestadores

El politólogo Francis Fukuyama afirmó, siguiendo la pauta de otros diagnósticos panglosianos, que el futuro pertenece a la democracia liberal. Treinta años después un nuevo intelectual perteneciente a esta camarilla del optimismo burgués, Steven Pinker, publicó Iluminación ahora. Su obra es top de ventas en las librerías de los aeropuertos y aquí es leído con entusiasmo por aquellos ebrios de júbilo que creen que cada vez hay menos violencia y guerras en el mundo.

Afirmó que en las sociedades capitalistas la ciencia ha eliminado prácticamente la muerte por enfermedades infecciosas. ¿Error? En 2020 llegó la pandemia y arrasó con la vida y la economía de millones de personas y países. Hasta el 25 de noviembre de 2020 han muerto a nivel mundial 1,4 millones de personas y 60 millones han sido contaminadas por la Covid-19.

En un artículo publicado en Nature (02-2008), un grupo de ecologistas propusieron la sugerente hipótesis de que los orígenes de las enfermedades infecciosas emergentes como Ébola, los coronavirus, están significativamente correlacionados con factores socioeconómicos y ecológicos. En conexión con esto el geógrafo Andreas Malm, amplió en su libro “Corona, climate, chronic emergency” esta hipótesis para explicar qué factores hicieron posible el surgimiento del Covid-19. Su idea es que la deforestación en gran escala es la que ha determinado un cambio en la vida de los patógenos que ha producido la formación de nuevas enfermedades infecciosas.

La deforestación, que es una práctica humana antigua, se ha intensificado durante los últimos 30 años en el mundo como consecuencia de la expansión acelerada del capitalismo. ¿Pero qué la impulsa? En las últimas dos décadas, inversionistas con mucho capital, realizaron negocios en cuatro productos básicos –carne de vacuno, soja, palma de aceite y árboles maderables– para exportarlos a los países más ricos. Para esto implementaron un inmenso proceso de tala de bosques en siete países de Asia y Latinoamérica. Se calcula que cada inversionista requiere para una plantación de palma de aceite más de 3.000 hectáreas en Indonesia y para la ganadería más de 1.000 en Brasil. Este proceso “es conocido como intercambio ecológicamente desigual: transacciones que pueden parecer justas en la superficie monetaria, pero que permiten a los países ricos absorber los recursos biofísicos de los pobres y agotar sus capacidades naturales” (Malm, 43).

Se impuso entonces gradualmente una forma de crecimiento de la economía basada en una combinación de mecanismos legales y de fuerza para apoderarse de la tierra. En Colombia, donde hay gente tan ingeniosa, se creó el paramilitarismo para realizar este civilizado proceso de apropiación de tierras.

La destrucción del ámbito natural que alberga los patógenos generó una profunda transformación de su forma de vida, la cual determinó que ellos, acorralados, estresados y expulsados, buscaran nuevos anfitriones naturales. Uno de ellos, el más efectivo, según Malm, es el murciélago. Este, volando grandes distancias, arrojó probablemente el patógeno –al estornudar, toser o sangrar– sobre granjas de cerdos o gallinas y así llegó a Wuhan dando inicio a una enfermedad global que destruye tanto como el calentamiento global.

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