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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 23 de febrero de 2021

“Negro, te amo... sos mi héroe”

Mujeres ahogadas en lágrimas. “Negro, te amo, sos mi héroe”, dice una de ellas. Están despidiendo a sus hombres. Cinco pillos fueron detenidos por la Policía en la vereda Aguas Frías de Bello, luego de un operativo en el que liberaron a un secuestrado, incautaron un arsenal de guerra y desmantelaron a una banda delincuencial organizada a la que presuntamente pertenecen los sujetos. A la par, la comunidad, como un gesto de solidaridad con las magdalenas, se indignó y se puso del lado de los delincuentes, a quienes aplaudió como si fueran un William Wallace sometido por el rey. Todo se ve claramente en el video entregado por las autoridades.

Quise pensar en un error en la matriz, pero no, los hechos son los hechos. Eso es lo que pasa en Colombia, donde la cotidianidad no diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. “Vaya con Dios, mi amor”, se escucha también en el video. Bajo el amparo divino, todos se olvidaron de que los tipos estaban cuidando a un secuestrado, sin importarles el derecho a la libertad del otro y, ojo, que si hacen eso es porque tampoco les importa la propiedad ajena y menos la vida de los demás.

Estamos hablando de un asunto sociológico y axiológico afincado en la cotidianidad. Algo que conecta con carencias estructurales: falta de educación, tergiversación de los valores, familias destruidas, falsa dimensión sobre los modelos a seguir. El ascendente del chacho de barrio y del analfabeta venido a rico, entre otros, calaron muy profundo. Es como si viviéramos en una película de Víctor Gaviria.

Como lo decía el rector de la Universidad de los Andes, Alejandro Gaviria, creamos una realidad cultural que nos define y nos condena. En otras palabras, una cultura mafiosa, capaz de llorar a un muerto sobre la base de que era un bacán, un berriondo que les daba plata a todos, que hacía buenas fiestas, sin importar si fue un sicario consumado, un narcotraficante, un violador de la ley, un político corrupto, un ladrón de cuello blanco. Todo al revés.

Esa cultura mafiosa ya está difuminada en la sociedad y su poder es excesivo. El “que no digas nada porque te pegan un tiro” es tan común como el “usted no sabe quién soy yo”. Tan normal como aquel que maquina silenciosamente la forma de clavarle un puñal a otro sin medir el riesgo ni las consecuencias.

¿Cómo no levantar la voz si esa cultura rompe la confianza con todo? Esa cultura que nos condena también nos acostumbró a la falta de sentido común, porque se nos va el tiempo hablando de cómo superar los problemas de la sociedad y, tristemente, al final nos encontramos con cosas como ese “Negro, te amo, sos mi héroe” dicho en Aguas Frías.

Hombre, pero que no se pierda la esperanza, que no se pierda...

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