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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 29 de enero de 2019

No hay arrepentimiento posible

Ante el inminente fin del gobierno de Nicolás Maduro -en un proceso que podrá tomar muchos caminos, pero que inequívocamente conducirá a la salida del chavismo de Miraflores- vale la pena preguntarse cuáles serán las consecuencias para la izquierda más radical. Grupos obstinados que mantuvieron su apoyo al régimen aún en los momentos de mayor evidencia de abuso de poder, corrupción y violaciones a los derechos humanos.

La muerte del chavismo arrastrará a personajes y discursos que fueron incapaces de exigir explicaciones a la “revolución” cuando esta se desmadró ante los ojos del mundo entero. Siempre tan suficientes, tan engreídos, tan tozudos; prefirieron señalar a las conspiraciones irreales o al imperialismo selectivo, antes que mirar internamente. El desangre político, económico y social, nunca fue su responsabilidad.

Personajes como Ernesto Samper o Piedad Córdoba en Colombia; o Evo Morales, Rafael Correa y Cristina Fernández de Kirchner en Suramérica; tendrán que explicar por el resto de sus vidas cómo fue que su discurso perdió toda coherencia. Tendrán que dar cuentas por la forma en la que abandonaron al pueblo, mientras arengaban en su nombre.

Quizá lo paguen con el fin definitivo de sus ya maltrechas y cuestionadas carreras políticas. ¿Quién puede confiar en ellos y en su pensamiento en contravía de lo evidente? ¿Quién puede respetar la forma en la que dieron la espalda a los más débiles y a los muertos? ¿Cómo no criticar la manera en la que miraron para otro lado cuando la represión era transmitida en vivo?

Nicolás Maduro es un patético insostenible. Lo peor que le ha pasado a la izquierda del continente en décadas. Un lastre que hunde y ahoga. Un apellido que sobrevivirá por muchos años como sinónimo de la desvergüenza, la coacción de las libertades y el mal gobierno. Todos aquellos que, a estas alturas, lo mantienen con vida política no podrán quitarse la mancha de su nombre nunca más.

Hace ya mucho tiempo que para los áulicos del chavismo no hay camino de regreso. Su irresponsabilidad, su incoherencia y su cinismo, resultan tan culpables del sufrimiento venezolano como aquellos que se sentaron en el Ejecutivo de Caracas. Hicieron malabares políticos y construyeron eufemismos nunca vistos para justificar lo injustificable. Para ellos, es demasiado tarde cualquier acto de contrición.

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