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Ricardo Mejía Cano
Columnista

Ricardo Mejía Cano

Publicado el 07 de diciembre de 2020

No le “dé caramelo” a su responsabilidad

Su padre era un iluso soñador desenfrenado. Buscando fortuna no se establecía en ningún lugar. Cuando Milton tenía 13 años ya había estado en 7 colegios. Además, el padre no veía en el estudio ningún valor, la vida debía ser la única escuela. La madre no podía ser más distinta. Si el padre era el aceite: oscuro, escurridizo y sin filtros, ella el agua: transparente, pura y confiable. Puritana y recatada, hacía lo imposible para que Milton y su hermana no siguieran la vida fracasada del padre.

A los 12 años le consiguió a Milton trabajo en una imprenta. Publicaban un periódico local. Pero Milton no veía su futuro en el periodismo ni como intelectual. No se sabe si intencionalmente o por accidente dejó caer unas piezas de la prensa. Se hicieron trizas al chocar con el piso. Fue su primer empleo.

Luego la madre le consiguió trabajo en una confitería. Cargaba cajas, limpiaba el piso y hacia toda clase de oficios sucios. Pero la madre quería algo mejor para Milton y logró que su jefe lo metiera a la cocina. Aprendió de cocina y las recetas de la confitería fina.

La madre y su tia querían que Milton llegara a ser lo que el padre nunca alcanzaría e invirtieron todos sus ahorros en una pequeña tienda de confitería. Él tenía 19 años. Por falta de conocimientos administrativos, los ahorros se perdieron. Fue su primera quiebra.

El descorazonado Milton busca guía en su desorientado padre, quien se hallaba en búsqueda del Dorado en el Oeste americano. Se le une en Denver. Si bien el padre no encontró el Dorado, Milton encontró empleo en una confitería y aprendió a fabricar caramelos con leche, técnica que sólo se conocía en el Oeste americano. Era la época de Búfalo Bill, cuyas historias y leyendas posiblemente enseñaron a Milton que un empresario tiene que ser creativo, ambicioso y tenaz.

No alcanzó a estar el año completo en Denver. Decidió probar suerte con su nueva fórmula de caramelos en la Gran Manzana. Nueva York era un reverbero de inmigrantes, emprendedores y aventureros, donde todo era posible. Nuevamente el apoyo vino de la madre y la tía. Pero la competencia era feroz y nuevamente quebró. Con 28 años regresó a la casa de su madre, donde había nacido, en Lancaster, Pensilvania, quebrado, sin un centavo, pero con su espíritu emprendedor renovado. Los emprendedores son un prototipo muy particular, mientras más grande y grave el fracaso, más energías toman para ensayar nuevas ideas.

Convencido que sus caramelos eran exquisitos y diferentes, empezó con la fabricación a nivel casero y a ver equipos y locales para montar su nueva tienda. La madre y la tía ya se habían gastado sus ahorros en Milton, así que este se vio forzado a ir a los bancos. Estos al ver su pasado le cerraron las puertas. No se da por vencido e inicia la búsqueda de inversionistas. Si bien no encontró interesados, conoció a un importador inglés, quién al probar sus caramelos le firmó un jugoso pedido. Con ese contrato hizo nueva ronda por los bancos y consiguió la financiación.

Nacía Lancaster Caramel Company. En 1890, a los 33 años y luego de grandes esfuerzos, empleaba 1400 trabajadores, ocupaba un área de 45.000 m2 y era líder indiscutible en la venta de caramelos en el noreste de EE.UU.

Luego vendrían los chocolates, la ciudadela y el orfanato Hershey. El mundo conocería un nuevo modelo de capitalismo sostenible, donde el empresario, además de producir utilidades, debería ser un factor de progreso de la sociedad. Milton no le “dio caramelo” a su responsabilidad empresarial. Será tema del próximo artículo.

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