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Juan David Escobar Valencia
Columnista

Juan David Escobar Valencia

Publicado el 24 de febrero de 2020

No querer salir de la casa

El poeta irlandés Thomas Moore decía que “El hombre recorre el mundo buscando lo que necesita, y cuando llega a su casa lo encuentra”. Pareciera el himno del recién casado que, por la euforia de la novedad, cuenta los semáforos que le faltan para llegar al nido y encontrarse con su amada pajarita, quien supuestamente también siente lo mismo. Si la novedad ya no es la pareja sino el primer fruto bípedo de su amor, los padres pensarán que no hay mejor en el mundo que donde el fruto de su urgencia reproductiva ya está dando sus primeros pasos. ¿Qué necesidad hay de salir de “su castillo”? así el verdadero dueño del minúsculo castillo sea el banco.

Los que ya no tienen novedades que los exciten, pues llevan décadas viviendo con la que antes les hacía contar los semáforos, o sus hijos afortunadamente aprendieron a caminar tan bien que se han ido lejos; después de enterarse en la madrugada de todas las desgracias locales y planetarias que transmite la radio, suelen salir de sus casas muy temprano, pues no quieren oír regaños matutinos, les echen cantaleta por pisar el piso cuando lo están trapeando, o correr el riesgo que algo se dañe y su esposa insista con indirectas “muy directas” que debe arreglarlo; y ellos todavía sin resolver en el crucigrama cuál es la palabra de 8 letras de una planta espermatofita que prospera en la parte keniana del Valle del Rift en África. Por eso muy tempranito se forman enjambres de pelo gris en supermercados, centros comerciales o cafés que todavía a esa hora conservan el tufo residual de aguardiente de la noche previa. Pero luego de arreglar el país y antojarse de las jovencitas que ya solo son ciencia ficción, como si fueran alimentados por paneles solares, apenas el astro rey empieza a esconderse, regresan a sus casas, donde encuentran lo que siempre quisieron y/o pudieron tener.

Algunos que dicen conocer la conducta humana sugieren que el deseo de no salir de casa no es nada de lo anterior sino un síntoma de baja autoestima, miedo al fracaso o a las relaciones sociales. Para estos atribulados, todos los días hay más recursos que les permiten subsistir en sus marsupias de ladrillo y cemento, sin tener que ver el sol. Ahora “rápidamente” te llevan a tu casa desde comida hasta remedios, una flotilla de motorizados de dos llantas con acento venezolano que frenéticamente intentan cumplirle a todos los ermitaños y perezosos de la ciudad. También están los avances televisivos. Los servicios de streaming, cual vendedor de droga, inducen a la adicción inmovilizadora con dosis interminables de series, de las que solo te separan las urgencias del intestino.

Confieso que los domingos no salgo de mi casa. No por traumas sicológicos, nupcias o hijos recientes, ni tampoco tengo Netflix. Es que si no duermo el domingo, el lunes es más inteligente un semáforo que yo .

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