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Juan José Hoyos
Columnista

Juan José Hoyos

Publicado el 07 de agosto de 2022

Nosotros y las canciones de Darío Gómez (2)

Hace una semana le pregunté al periodista Ricardo Aricapa si él —que conoció tanto su vida y sus canciones— pensaba que Darío Gómez era un poeta. Él contestó: “No. Creo que es más importante que eso. Es un traductor de los sentimientos, los dolores y las pasiones de la gente común. Y lo hizo en un lenguaje sencillo y directo y con una hermosa voz. Y, además, con una buena instrumentalización porque era un buen músico. También fue un buen comerciante”.

“Fue un Tartarín Moreira de los años noventa”, dijo. “Él recoge esa tradición y le da una nueva sonoridad. En esa época, Medellín tenía dos millones de habitantes y cada año había más de cuatro mil homicidios. El cementerio de San Pedro tuvo que ampliarse para recibir a tantos muertos. Los muertos eran muchachos de los barrios populares que se habían metido en los combos de pistoleros del narcotráfico. ‘Nadie es eterno en el mundo’ se convirtió en el himno de esos muchachos”.

Los dos recordamos que Darío Gómez empezó cantando música parrandera paisa. Su primer disco fue La novia del chofer. Se vendió poco. Luego formó un dueto llamado Los legendarios, en el que cantó varias zambas de estilo cuyano. Ricardo recuerda mucho “Ángel perdido”. Yo recuerdo “Casita vieja”, una hermosa canción campesina que fue la primera que compuso cuando tenía 16 años. Después se dedicó a las rancheras.

Ricardo dijo: “Son canciones simples, huérfanas de artilugios y elevación poética. Pero llevan el veneno en la punta: arrastran esos versos elementales y desnudos sobre la vida, el amor, la desgracia y la muerte que tanta mella hacen en el sentimiento de la gente; pequeñas y grandes verdades aplicadas sin anestesia, que quien las escucha identifica y traduce a su propia vivencia. Eso mismo, a otro nivel de eficacia poética, perdurabilidad y clase de público, es lo que han hecho los grandes cantantes populares”.

“Algo ha de tener el agua siempre que la bendicen, pues en asuntos de afectos musicales el pueblo jamás se equivoca. Lo que le gusta es porque toca fibras”.

Yo recordé otro reportaje con Gómez de la periodista María Alejandra Villamizar, publicado hace más de diez años por la revista Don Juan. Ella se tomó el trabajo de escuchar las letras de algunas de sus canciones y contó las veces que se repetían las palabras traición (15), abandono (10), desdicha (5), desesperación (18), pena (12), engaño (22), dolor (25) y sufrimiento (19). Cosas que todos hemos padecido en nuestras vidas.

Al final de la conversación pensé: gústenos o no, Darío Gómez fue un poeta y cantor popular. Porque lo que llamamos poesía en nuestra lengua nació con los juglares, que eran poetas que iban cantando y bebiendo vino de pueblo en pueblo, como los más antiguos poetas griegos, y aunque no escribían, porque a veces ni siquiera sabían escribir, algunos de sus versos quedaron para la posteridad cuando los poetas del Renacimiento, como Juan de la Encina, y del Barroco, como Lope de Vega y Quevedo, entreveraron en sus versos tomándolos de esa tradición popular, y luego grandes poetas místicos como San Juan de la Cruz o Santa Teresa los usaron a manos llenas en sus poemas 

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