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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 27 de mayo de 2021

Noticia de un libro

El libro “Gabo + 8” te da sorpresas. Lo escribió el maestro Guillermo Angulo, de 93 años, quien hace amigos como quien cultiva orquídeas. La obra se puede leer despacio como un rosario, o rápido como una novela porno.

A veces da la sensación de lo “ya leído” sobre García Márquez. Desde un sitio privilegiado, Angulo cuenta la historia detrás de la historia. Está escrito en clave de humor. El lector sonríe durante la travesía.

El autor lo niega, pero su bambuco de 212 páginas tiene marcado acento autobiográfico. No es un tratado sobre redacción pero enseña a escribir.

No es un libro de periodismo, pero admite lecturas desde esa óptica. Exigencia y rigor están a la orden del día. La que narra es la Colombia cultural que vivió.

En el relato está retratado el fotógrafo, oficio que heredó de su amigo Alberto Aguirre. Angulo incluyó como prólogo una columna que AA escribió cuando lo secuestraron las Farc. El aguerrido columnista quería aclarar que Angulo estaba sobregirado... en vida.

Alguien tenía que pagar la cuenta por habitar el hotel Farc. Sospecha el jardinero de Anorí que la factura por dos millones de dólares la canceló un tal García Márquez. Nunca lo admitió. Su mano derecha solía ignorar lo que hacía la izquierda.

Gabo recibió luces de otro secuestrado por las Farc: el escultor Rodrigo Arenas Betancourt, su fuente cuando desembarcó en México. Albricias: para García Márquez, Arenas es uno de los tres mejores escritores colombianos junto con Hernando Valencia Goelkel y el neerlandés Ernesto Volkening.

De pronto el Nobel intrigaba favores. Como la vez que le pidió a Angulo escoger doce amigos para que lo acompañaran a Estocolmo. En otra ocasión, le solicitó hacerse a las memorias que escribía Alberto Lleras Camargo para enriquecer “El otoño del patriarca”. El Monarca no las había terminado. Misión incumplida por Angulo.

Este también pagaba en especie, como la vez que le presentó al fotógrafo antioqueño Rodrigo Moya, paisa pero mexicano de toda la vida. Moya retrató a Gabo con el ojo colombino que le dejó el derechazo que le propinó Vargas Llosa.

El “tinieblo” de Isabel Preysler creyó que cuando anduvo de garrotera con su mujer, su amigo le picó arrastre. Chisme de farándula. Fue Gabo quien no le caminó a ella, concluyeron Angulo y la editora Carmen Balcells cuando hicieron croché sobre el asunto.

“Gabo +8” fue diagramado por su hijo Paolo y está dedicado “a Vanna, en su laberinto”, su esposa florentina, quien padece el mal de Alzhéimer.

El libro termina con una increíble y feliz historia: En el ocaso del cataquero, Mónica Alonso, secretaria eterna del Nobel, viéndolo sin destino, le prestó un ejemplar de “Cien años de soledad”. Cuando Gabo terminó de leer su vallenato de 400 páginas dijo: “Este man sabe escribir”. Y siguió viviendo dentro de su propio olvido

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