Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 22 de abril de 2019

NOTRE DAME EN LLAMAS

París con su gran basílica mutilada y sola, con su enorme aguja derrumbada (La Flèche), en medio de las cenizas y con su campanario silenciado después de ochocientos cincuenta años de continuos tañidos, es como un bosque sin sus pájaros cantores porque hasta las golondrinas que habitaban entre los techos tuvieron que emigrar. Y, en medio del impacto y de la tristeza, uno no sabe qué es más perturbador: si ver arder este ícono emblemático de la ciudad luz y de la cultura humana, o a los devotos ciudadanos prosternados y muy conmovidos al frente de su bellísima catedral en lumbres, con el rosario en la mano, entonar un Ave María.

En cualquier caso, el pasado quince de abril –el día mundial dedicado al arte– es una de esas fechas luctuosas que cruzan el corazón con una daga, o que llenan el espíritu de mil espadas sangrientas, porque el dolor ante lo sucedido es inmenso, máxime si todavía no está del todo claro si ello fue producto de un infortunado accidente, o de un vil atentado causado por parte de quienes quieren derrumbarlo todo a nombre de la intransigencia. Por fortuna, solo se han producido daños materiales y ninguna vida ha sido lastimada, pero el mundo no ha dejado de sentir mucha impotencia y aflicción al contemplar las pérdidas sufridas por este patrimonio de la Unesco y componente muy sensible de la cultura planetaria.

Un monumento por el que tanto luchó el gran escritor Victor Hugo cuyas miradas no pudieron posarse sobre este dantesco espectáculo, aunque gracias a su imaginación él sí vaticinó con certeza lo que hoy sucedió: “Todos los ojos se habían elevado a la cima de la catedral. Lo que vieron fue extraordinario: En la parte superior de la galería más alta, por encima del rosetón central, había una gran llama que se elevaba entre las dos agujas con torbellinos de chispas, una llama grande, desordenada y furiosa, cuyo viento ocasionalmente arrastraba una lengua en medio de una gran humareda” (tomado de: Notre-Dame de Paris, Perrotin Éditeur, Paris, 1844, pág. 404).

En cualquier caso, en mi corazón y en la alacena de la memoria Notre Dame es y seguirá siendo el santuario amado –la más importante catedral gótica de la era medieval–, admirado y tantas veces visitado, con sus inolvidables vitrales (¡por fortuna y de forma milagrosa casi intactos, así como los tres rosetones y el órgano principal!); la misma que conocí joven y vigoroso, lleno de ideales y, luego, maduro, con mi mujer y mi hijo asidos de la mano. Por ello, la que hoy he visto en videos casi derruida y calcinada –y, es seguro, no podré ver del todo reconstruida–, nunca podrá arrancarme del recuerdo la emoción que siempre me produjo ese espléndido templo ojival, en cuya presencia sentí que mi cuerpo y mi alma eran atravesados por el poder dulcificador de la oración de quienes le rendían excelso tributo a la Madre del Señor.

En fin, en este momento mucho emociona lo dicho por un querido amigo –con cuya autorización se reproducen sus pensamientos– quien, al enterarse de la tragedia del añoso y admirado tesoro, expresó de forma maravillosa y muy patética estas palabras que no podían quedarse guardadas y olvidadas, porque los contrastes que propone también son obligatorios cuando se piensa en las aflicciones de otros: “...Me duele de la misma forma en que me laceró la destrucción de grandes maravillas de la Humanidad en la invasión de Irak, o como arden mezquitas a diario, o sinagogas, o barrios de gente inocente, o como llamean nuestros ríos y selvas por las explosiones de los oleoductos; o como mueren esos gigantes de nuestra Amazonía por la deforestación, o por la minería ilegal, o como perecen las selvas, los animales y los ríos en África. O como agonizan de hambre nuestros niños... ¡Notre Dame, tesoro de la Humanidad!”.

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