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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 08 de noviembre de 2019

Noviembre

Noviembre es el mes de los fieles difuntos, las almas del purgatorio, entendido como lugar de sufrimiento y purificación, previo al cielo. Y así oramos por ellas con misas, novenas y limosnas, para pedir por “su descanso eterno”. Es esta una manera de ver la realidad.

Quien ve la realidad de otra manera, tendrá otro modo de comportamiento. El hombre es un ser complejo en su unidad de cuerpo y alma. Como ser vivo, va naciendo, viviendo, muriendo y resucitando simultánea y dinámicamente en cuerpo y alma, de modo que la muerte no es separación de cuerpo y alma.

Y así, resucitar no es revivir un cadáver, sino alcanzar la vida en plenitud, que es Dios. El cadáver no es el cuerpo, sino el residuo de un proceso de transformación radical en cuerpo y alma, en que el cuerpo, ya glorificado, siempre uno con el alma, participa ya de la inespacialidad e intemporalidad de Dios.

La persona que muere no se ausenta, cambia su forma de presencia. Por eso, Broucker escribió: “Rogar a Dios por los difuntos es aprender como ellos a no desear más que a Dios, y encomendarnos a sus oraciones es reclamar para nosotros las gracias más puras de la santidad”.

“En la muerte todos seremos místicos” (P. Congar), es decir, viviremos en la comunidad del Dios uno y trino. Y así, quien cultiva la oración, que es la relación de amor con Dios, anhela la muerte espontáneamente. “Descubre tu presencia / y máteme tu vista y hermosura”, canta San Juan de la Cruz, y comenta: “No le puede ser a aquel que ama amarga la muerte, pues en ella haya todas sus dulzuras y deleites de amor”.

Maestro en contar parábolas, Jesús comienza casi siempre así: “El Reino de los cielos es semejante a”. Quien las lee con atención descubre que Jesús está haciendo selfies verbales: Él mismo es el Reino de los cielos. Lo que llevó a San Agustín a afirmar: “Después de esta vida, Dios mismo es nuestro lugar”.

Santa Catalina de Génova (1447-1510), interesada en leprosos, expósitos y prostitutas, orientó su vida así: “Si hablo, callo, duermo, velo, veo, oigo o pienso, si estoy en la Iglesia, en casa o fuera... quiero que todo sea en Dios y para Dios”. Y así lo que escribió merece la máxima atención: “Cuando veo morir a una persona, me digo: ¡oh, qué cosas nuevas, grandes y maravillosas está a punto de ver!”

Cuando oramos por los difuntos, en realidad estamos orando por nosotros, gracias a ellos, que viven ya sin tiempo ni espacio en Dios.

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