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Publicado el 13 de enero de 2022

Nuestra agua

Por Amalia Londoño

Están dos peces nadando uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo nadando en sentido contrario, quien los saluda y dice: “Buen día, muchachos, ¿cómo está el agua?”. Los dos peces siguen nadando hasta que después de un tiempo uno voltea hacia el otro y le pregunta: ¿Qué demonios es el agua?

David Foster Wallace

Las realidades más obvias y las más importantes son las más difíciles de ver y comprender.

Lo mismo nos pasa con la democracia. Ha venido triunfando sobre todos los sistemas estándares de gobierno en el mundo, pero su ejercicio no siempre ha estado acompañado por la pasión democrática. Es decir, se ha usado la palabra “democracia” como bandera, como eslogan de campañas políticas. La hemos escuchado en discursos, noticieros y debates. Ha pasado de boca en boca mecánicamente, como quien repite una retahíla. Y su significado ha quedado fragmentado en el camino, como se descomponen los mensajes de un teléfono roto.

El Latinobarómetro —una ONG que investiga el desarrollo de la democracia y la sociedad usando indicadores de opinión pública— ha identificado un aumento porcentual en la insatisfacción ciudadana con la democracia. También han diagnosticado una crisis por la corrupción, la división entre partidos y, sobre todo, por la falta de representatividad: hacen falta mensajes que nos conecten. Ni siquiera la pandemia, aunque haya hecho evidente nuestra dependencia mutua, ha logrado unirnos con el objetivo común de cuidarnos y superar este momento.

En su mayoría, la influencia de las empresas en la democracia, más que un aporte, ha sido la financiación a campañas de candidatos políticos. Según la corporación Transparencia por Colombia, en las elecciones legislativas del 2018 el 48 % de los recursos para financiar campañas de candidatos provinieron de contribuciones, donaciones y créditos de personas naturales y jurídicas.

Es decir, el sector privado y los ciudadanos aportaron la mayoría de los recursos para que los candidatos al Senado y a la Cámara pudieran hacer campaña. Un aporte sustentado en la creencia de que apoyar candidatos es apoyar la democracia.

Pero las organizaciones sociales y las empresas también pueden servir como plataforma de proyectos que involucren y abran espacios de discusión. Pues la democracia es, ante todo, un espacio equitativo de diálogo.

Un diálogo que diseñe acciones, que haga propuestas, que invite a hacer.

Las grandes empresas deberían acercarse al ciudadano, comenzar una relación distinta en función del bien común como habitantes de una misma ciudad. Por ejemplo, podrían ser parte de plataformas y programas de comunicación pública en los territorios. Si se logra todo eso bajo una sombrilla que adopte la causa de la democracia, avanzaríamos.

Desde lo público hay ejemplos de proyectos exitosos en Islandia, Taiwán, Brasil y España, como Better Reykjavik, vTaiwan, Wikilegis y Decide Madrid. El reto ahora es implementar proyectos similares desde lo privado. Sobre todo en este momento, en el que la reputación de las empresas se pone en duda, cada que un político difunde información errada.

Hacerse preguntas y reconocer la participación y la deliberación ciudadana como razón de ser es muestra de buena salud de una sociedad. ¿Qué implica para nuestra vida cotidiana vivir en un sistema democrático? La democracia y la libertad son el líquido amniótico de la creatividad. Alguien sueña con algo y dice: “vamos a hacer esto”. Y las cosas pasan. La democracia es eso: la posibilidad de imaginar y de crear.

Un sistema tiene valor cuando es de todos, para todos. No solo de unos pocos que la promueven con intereses disfrazados.

La democracia no es el poder sobre la sociedad, sino dentro de ella.

No tengo en mi memoria ni una sola vez en la que haya sido la democracia la principal causa que nos reúna. Tal vez podamos empezar por ahí.

Esto es democracia, nuestra agua.

Lo que nos une, así hoy nos divida

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