¿Por qué será que es en los espacio de muerte donde hay un sentido más real de la vida? La pregunta se la hace el antropólogo Michael Taussig, quien de forma original ha estudiado de manera profunda la cultura de la violencia que ha marcado a Colombia. Porque el espacio de muerte es predominantemente un espacio de transformación, dice este antropólogo.
Pensé en esta reflexión de Taussig, el jueves pasado, mientras caminaba con los miembros del Laboratorio Social (organización que lidero junto a la empresaria social Catalina Cock) por las calles del barrio Santa Cruz, para conocer la experiencia de quienes durante las últimas tres décadas han liderado las actividades del grupo de cooperación cultural Nuestra Gente. Aquí, el teatro se ha transformado en una preciosa herramienta para la sobrevivencia, y la resistencia cultural para sembrar vida en épocas en las que abundaban aquellos que habían sustituido a Dios y diseminaban muerte. Cada esquina era al mismo tiempo una memoria de muerte y de vida. Lo bonito es que la vida, gracias también a Nuestra Gente (un pulmón de resiliencia y de esperanza), prevaleció.
Las historias que escuchamos fueron poderosas e inspiradoras. Como la de una artista quien a los 17 años entró a uno de los grupo de los proyectos de la Casa Amarilla, la sede y el teatro de Nuestra Gente. “En ese momento mi vida estaba llena de dolor: el abuso sexual, la prostitución y las drogas fueron mi realidad durante años y que gracias a hacer teatro y estar en mi grupo teatral, pude sanar y perdonar, para poder reconocerla como parte de mi historia, de mi vida”.
Esta artista, a quien llamaré Camila, todavía recuerda el día cuando presentó su primera obra de teatro. “Desde ese día los dolores desaparecieron para mí: estaba en un escenario, la gente aplaudía y yo me había convertido en actriz. Desde ese día empecé a ser la protagonista de mi vida, decidí defender lo que sentía y lo que soñaba. Las heridas que llevaba dejaron de doler y empezaron a curarse; fue como una conexión conmigo y con la vida”. El poder del arte y de la cultura radica en su capacidad de despertar el potencial humano que vive dentro de una persona y dentro de toda una comunidad. Hay un núcleo entero al que no le importan los traumas que uno vive, queda incorruptible. El arte, como en el caso de Camila, lo reconecta a uno con su propia esencia. Dice Camila: “Despertó en mí la convicción de que podía ser libre; ya no era una utopía, era una realidad. Fui descubriendo que era mentira lo que decían en el barrio y el colegio: yo no tenía que repetir la historia de mi familia o de mis amigas. Yo iba a ser feliz”. Mientras escuchábamos a Camila, y a otras historias, nosotros mismos, los visitantes, nos conectamos con nuestra propia esencia, reconociendo que todos somos parte de la misma comunidad plural y no solo miembros de distintos barrios, separados los unos de los otros. ¿Sentir esta unidad, no debería ser la experiencia de ciudad que queremos y necesitamos hoy?.