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El País
Columnista

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Publicado el 16 de marzo de 2020

NUESTRO PODER ANTE EL VIRUS

Por JORGE GALINDO

@jorgegalindo

El aire se siente un tanto extraño, como si viniera de un tiempo que ya asumíamos superado. Un tiempo en el que las vidas de todos, el bienestar y la convivencia eran un poco más frágiles. El virus nos ha devuelto una parte de nuestra humanidad, que es la que viene con esa vulnerabilidad olvidada.

¿Qué hacemos con ella? ¿Cómo la manejamos en este ambiente cada día más enrarecido? Aquí va una propuesta: imagina un pequeño número en la cabeza de cada persona. Esa cifra representa su riesgo de morir por Covid-19. No hace falta que sea exacto. Puede incluso ser un semáforo: verde si es casi nulo (apenas afecta gravemente a los niños, de momento), amarillo si es bajo pero no cero (la tasa de mortalidad estimada entre personas sanas menores de 50 o 60 años es pequeña, pero aparentemente mayor a la de la gripe), rojo si es comparativamente elevado (personas mayores o con problemas graves de salud). Piensa que ese indicador también sirve para medir el peligro que corre esa persona si en un momento dado colapsa el sistema de salud porque el incremento de casos provocados por el nuevo coronavirus no puede ser asumido con los recursos disponibles.

Esa señal en la frente de cada uno de nosotros sirve para que entendamos no sólo nuestra vulnerabilidad: también nuestro poder, y la responsabilidad que conlleva con respecto al resto de la sociedad, sobre todo hacia sus segmentos más expuestos. Cada persona tiene la capacidad de hacer bajar un poquito esa cifra, de volver amarillos o verdes más semáforos, si actúa conforme a las recomendaciones epidemiológicas: lavémonos las manos, no nos toquemos de más ni a nosotros ni entre nosotros, evitemos aglomeraciones, quedémonos en casa si podemos (sobre todo si estamos enfermos), ofrezcamos una mano a los vecinos que lo puedan necesitar. Esa misma responsabilidad la tiene (más aún) cada individuo o institución que pueda tomar decisiones que ayuden a implantar este tipo de comportamientos: Gobiernos, y también empresas, universidades, colegios, fundaciones, clubs, grupos de música, bares.

Aprovechemos la revelación súbita de esa vulnerabilidad individual y colectiva, que lógicamente nos asusta, para acercarnos un poco más. En definitiva: tratemos de reducir el riesgo de los demás, no sólo el nuestro, porque esa será la única forma en la que conseguiremos que la fragilidad de todos baje un poquito cada día.

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