Por Luis Augusto Salas H.
Sonrientes. Solemnes. Fingidos. Tiesos. Expansivos. Con sonrisas que pueden significar bien una cosa, bien la contraria: la buena intención o la burla grotesca. Promesas repetidas, vacías, absurdas, retóricas, populistas, irresponsables, cómicas. Miles y miles de pasacalles, vallas, avisos, volantes de candidatos y candidatas: “su amigo”, “su servidora”, “su aliado”. Y una palabra mágica: Cambio. Cambio por aquí, cambio por allá; “esto tiene que cambiar”, “cambiemos esto”, “por el cambio”. Si se estudiara con seriedad y datos rigurosos qué es lo que hace que haya cambios positivos en una sociedad: si la iniciativa y dinamismo de las personas y organizaciones que producen bienes, servicios, tecnología, o el parasitismo depredador de quienes controlan una burocracia que solo vive para asegurar su status quo creando miles de regulaciones válidas solo para justificar sus cargos. Esta explosión de candidatos podría hacer pensar en la buena salud de la democracia. Pero también en la existencia de una enorme bolsa de personajes ya habituados a vivir del presupuesto público, el legal o el que extraen mediante mañas, y que no podrían vivir de otra cosa, pues nada más saben hacer.