Jorge Giraldo Ramírez
Columnista

Jorge Giraldo Ramírez

Publicado el 11 de marzo de 2019

País crocs

El proceso administrativo de la Superintendencia de Sociedades por el supuesto plagio de una marca extranjera me llevó a pensar en la forma en como una visión esquemática y simple de la sociedad colombiana puede reproducirse hasta en los zapatos. Del ruido generado quedaron claras varias cosas. La primera es que hay tres tipos de crocs: los del —digamos— 5 % de los colombianos que pagan entre 80 y 200 mil pesos por un par de zuecos gringos; los del 45 % que se pueden pagar los 40 o 50 mil pesos que cuestan las sandalias que hacen en Cali; los del otro 50 % de compatriotas que por 10 o, máximo, 15 mil se compran sus arrastraderas —como les decíamos antiguamente— hechas en el Extremo Oriente. Las palabras importan; los que pagan 200 mil nunca les dirán arrastraderas a sus prendas.

La segunda cosa que quedó clara es que hay dos mundos jurídicos en el país. La mitad de la población, que compra crocs gringos y caleños, vive en un mundo repleto de leyes nacionales e internacionales, reglamentos administrativos y sorprendentes normas desconocidas, que incluyen las circulares de la Ocde, las advertencias de Undoc, las guías de calidad y sostenibilidad y los artículos de las tres generaciones de derechos humanos. La otra mitad, la que compra crocs chinos, vive en un mundo sin ley. La chancla se produce en condiciones poco conocidas y verificadas, entra de contrabando (no por la selva sino por los puertos y aeropuertos), no paga impuestos y, en muchos casos, el local lo paga el Estado por la simple razón de que es la calle misma. El primer mundo jurídico es el de las cortes, el resto del sistema judicial y los buenos abogados. El segundo pertenece a los malos abogados, la corrupción, el clientelismo y el crimen organizado.

Una tercera conclusión es que existen tres mundos productivos en el país. Los que usan crocs gringos no la tienen fácil, pero su actividad es factible y lucrativa aunque resulte costosa; cada licencia, permiso, papel, cuesta mucho trabajo, mucho dinero y mucha palanca, pero al fin las cosas salen. Los de crocs chinos viven en una libertad absoluta desde la perspectiva del Estado; ponen caspete donde sea, no pagan impuestos, la mayoría ni siquiera servicios y no tienen que cumplir normas laborales o sanitarias. Practican el saber informal y sufren las arbitrariedades del crimen. A los de los crocs caleños les toca una epopeya cotidiana. Hacer empresa con las normas europeas y trabajar con los recursos de la clase media colombiana, con deudas, sin organización y sin influencia.

Jorge Alberto Naranjo: mi mensaje de condolencia a los familiares y amigos cercanos del profesor y escritor de la Universidad Nacional en Medellín, compañero fugaz en algunas tareas (recuerdo su lectura apasionada de “El dieciocho Brumario”, en 1998).

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