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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 03 de marzo de 2021

Para cuando llegue la vacuna

El conteo regresivo hacia la vacuna individual es directamente proporcional a los planes de viaje, emprendimiento y demás pasos ideales del porvenir. Aquel tratamiento o cirugía aplazados, que nos tienen trancadas las ganas de quedar cero kilómetros. La visita al hijo que cursa posgrado más allá del mar y que nos hace señas cada vez que manda fotos virtuales y virtuosas.

El libro por escribir, siempre esquivado. La pequeña empresa que asegurará el cubrimiento de los caprichos secretos. La remodelación de la vivienda donde hace años soñamos con cambios que nos cambiarán el alma. El apaciguamiento de ese amor con el que jugamos gambetas desde cuando los juegos eran de verdad.

Estos proyectos perpetuamente postergados se erigen al alcance de la mano tan pronto se derrote la pandemia. Este marzo se completa un año de entrenamiento en la espera. Hasta hace muy poco esa espera consistía en el vago cálculo de contagios, ucis y muertos que se agregaban cada amanecer como minutos y segundos de un reloj científico pero provisional.

Luego de ese período preparatorio comenzó la definitiva contabilidad soñada, pues la vacuna en el brazo asomó como la salvación bíblica anunciada. Solo que igual que con las cifras y curvas del año pasado, las proclamas sobre fechas y cantidad de inyecciones se diluyen en reportes tacaños destinados a ciudades imposibles y a las edades del paleozoico.

Esta lentitud, más que al optimismo, parece llevar a un horizonte de dos o tres años agujereado por sucesivos pinchazos cada ocho meses. Esta es la vigencia de cada inoculación, según vaticinios que van soltando con tacañería los epidemiólogos, infectólogos, virólogos y otros ólogos de temporada.

Así las cosas, los referidos propósitos para cuando llegue la vacuna van achicharrándose sobre las brasas de un pesimismo arraigado. Las murmuraciones de amigos y contertulios, cada uno de los cuales asegura haber escuchado o leído una contundente versión sacramental al respecto, tienden a reforzar el abatimiento.

Así pues, cuando muchos aconsejan dosis de paciencia, la sabiduría popular cuenta con una verdad extraída del pragmatismo: “el secreto de la paciencia es hacer algo mientras tanto”. Cada persona revisará su catálogo de ‘algos’, con los cuales procurará un alivio a los aplazamientos y una llanta de repuesto a la ilusión

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