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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 04 de noviembre de 2020

Para poner rienda a la peste

El rebrote del virus es la tenaza de este tiempo. Como en Europa están peor que en marzo, en Colombia no nos podemos quedar atrás. Así cavila el pesimismo, que es hijo predilecto del miedo. En estas latitudes copiamos las modas del exterior, y llamamos por anticipado los contratiempos ajenos.

Por fortuna la juventud cree distinto, en contravía. Luego de ocho meses de restricción, los muchachos se van de Halloween a girar apeñuscados y sin máscara, para inaugurar un reguetón. Irrumpe la policía con sus bastones de refrescar el pánico a la peste que ha de llegar.

Los chicos mantienen un certero instinto de supervivencia. Entre el hastío por las cuarentenas repetidas y la fortaleza de saberse inmortales, bailan alocados y festejan la noche a brincos.

Pero ¡ojo! la realidad está compuesta de contrarios. Una cosa es la victoria anticipada y otra el requisito de no ponerles el pecho a las balas. Para asegurar el buen augurio es preciso guardar en el morral los dos elementos: frente en alto y protección proporcionada.

Esta dualidad se traduce así: confiar en la inmunidad que dan las defensas orgánicas y no dar papaya a las goticas voladoras del coronavirus. Uno tiene derecho a sentirse blindado contra el contagio porque en su interior derrotó el pavor al virus. Pero no debe exponerse neciamente al mordisco de la pandemia que ataca de improviso.

Por supuesto que las autoridades llenaron de protocolos -¡uf! qué palabra- la vida cotidiana. Nos cuartearon la piel de los dedos, nos enrojecieron los ojos, mortificaron el ánimo, hicieron temblar la cordura mental. Estas cargas de profundidad pretendían hacernos bajar la cabeza, volvernos dóciles a sus futuros mandatos de dictadura íntima.

Solo que este proceder totalitario no es disculpa para desmandarnos. La consigna equilibrada sería ridiculizar las alarmas opresivas y en la vida cotidiana precaverse. No exponerse a la infección equivale a tomar precauciones incómodas pero sencillas. Mascarilla, dos metros de distancia y lavamanos sin exagerar, conforman un trío de operaciones mínimas para salir indemnes a la calle en medio del cruce de las balas.

Así será posible poner rienda a esta peste que azota a Europa y a USA. Y mostrar al mundo que en estos riscos le miramos la cara a la fatalidad y aprendimos a esquivarla.

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