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David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado

Parar la habladera

Querido Gabriel,

Miré a Nano, mi coach, fijamente a los ojos. Estábamos conversando de los desafíos que afrontaba como líder y de los sentimientos de algunos miembros de mi equipo. Comprendí que, con frecuencia, mis palabras e ideas, por claras y valiosas que fueran, tenían el efecto perverso de coartar la conversación, frenar la creatividad y quitarle a mi gente la confianza en ellos mismos. Es difícil mirarse al espejo, pero es peor no hacerlo. Especialmente si queremos aprender. Él, con su honestidad brutal, me dijo: “Te tengo la pastilla que te debes tomar para arreglar ese problema”. ¿Cuál?, pregunté, nervioso, previendo el golpe. “El silencio”, me dijo. “Hablas demasiado”.

Conversemos sobre el poder del silencio. Analicemos su efecto en el liderazgo, la forma como incide en nuestras relaciones y del cambio profundo que podría generar en nuestra salud espiritual. En un mundo que nos empuja a comunicarnos continuamente, con una reunión detrás de otra y el ruido de las redes y de las ciudades inundándonos la mente y el alma, quizás el silencio, la quietud, la mesura y la prudencia puedan ser las claves para una vida más sana y tranquila.

La revista Time hace unos días explicaba que hablamos tanto que solo en Estados Unidos hay mil millones de reuniones al año y ¡se estima que la mitad de ellas no sirven para nada! Los más admirados líderes mundiales, por el contrario, parecen titubear (piensan) antes de hablar, intervienen corto y se contienen: saben que uno es esclavo de lo que dice. Los hombres, en particular, hablamos más, interrumpimos y nos las damos de sabelotodos. La famosa revista acuñó el término talkaholism, que en español sería algo así como habloadicto. No hay medicina para esta adicción, como no hay aún para el alcoholismo, aunque, como sabemos, mucha gente aprende a controlarlo.

Callar ayuda a que la gente se desarrolle a nuestro alrededor. Si eres el jefe, dicen algunos expertos, habla de último, raciona tu tiempo al aire, escucha las voces de la gente. Esto ahorra tiempo y energía. Las personas se sentirán capaces y seguras, el trabajo en equipo mejorará sensiblemente. Los jefes que pretendemos saberlo todo somos odiosos y nos robamos la luz del corazón de los demás. Limitamos, normalmente sin querer, la energía creativa de las organizaciones.

El silencio parece no solo ser importante por su utilidad práctica. Es fundamental para sanar, para encontrarnos, para comprender nuestro modesto pero hermoso papel en el universo. Como decía Pablo D’Ors en el Hay Jericó hace unos días: “Es necesario el silencio, necesitamos del desierto para sanar y conocer nuestro interior, solo así podremos conocer a los otros; luego, podremos irradiar el bien”. Si no aprendemos a guardar y mantener el silencio, jamás sabremos quiénes somos, será imposible servir a los demás.

Hagamos la tertulia y preguntémonos cómo darle reconocimiento social al silencio. Hablemos de cómo usarlo como una herramienta para el liderazgo. En un mundo donde los parlanchines y los charlatanes parecen ganarse la atención de las masas y las redes, bajarle al ruido y dejar la habladera será una verdadera revolución. Montemos un grupo de habloadictos en recuperación, ayudémonos a vencer ese vicio; hablemos poco, lento y pausado. Esta virtud será, tal vez, ese terreno fértil del que brotarán las mejores relaciones, el éxito laboral y, desde luego, lo más importante, nuestra conexión espiritual.

* Director de Comfama.

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