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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

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Patrullando

Por Juan David Ramírez Correa- columnasioque@gmail.com

“Chicos buenos días, estamos aquí en la escuela del Bosque. Este kit se los mandó la guerrilla de las Farc como una donación para todos ustedes”. Los niños dicen “¡Gracias!”. Suenan obligados. En el video los guerrilleros hacen rondas infantiles, bailan. Corregimiento de Cedeño, zona rural de Yarumal, Antioquia.

El frente 36 de las disidencias de las Farc llegó a la escuela como si fuera un grupo de gestores sociales. Obvio, una flagrante violación al Derecho Internacional Humanitario, un acto descarado de adoctrinamiento y de potencial reclutamiento de niños.

La escena fue la expresión del momentum creado por el camino surreal que el Gobierno llama Paz Total, donde el valor de la seguridad, el cual necesitan los seres humanos como bien lo dice la pirámide de Maslow y que es una obligación constitucional, se convirtió en una ilusión.

Hoy, los territorios cada vez les pertenecen más a los narcotraficantes, a los disfrazados de insurgentes y a los carteles. Los del Clan del Golfo caminan por las veredas de Ituango y las disidencias de las Farc hacen lo mismo en Angustura, Briceño y Campamento, en Antioquia, nada distinto a las calles de Balboa, en Cauca, y Policarpa, en Nariño.

Mientras tanto, el sofisma de la Paz Total rige el juego político-populista del Gobierno Nacional.

El problema no es buscar la paz, es la ausencia del Estado, algunos dirán. Tal vez, sí. Hay una deuda institucional en los territorios. No somos Suecia, pero sí la tierra de las promesas. La solución a esa carencia fue la moneda de cambio de la campaña petrista y hoy se traduce en un desespero obsesivo por gestionar su idea de paz.

Pero la cosa no funciona si el Estado controla el orden público. Las acciones ofensivas de la Fuerza Pública se redujeron 70% en los últimos meses y la erradicación de cultivos e incautación de drogas cayó dramáticamente. La orden es del Gobierno Nacional. Cercanos al Ejército aseguran que los militares están maniatados y que la disciplina militar los mantiene de pie y firmes en el cumplimiento del cese al fuego entre el Gobierno y los ilegales.

Cese al fuego que parece no tener reglas ni protocolos que deban cumplir estos grupos, pero la orden de quietud sí parece clara para la Fuerza Pública.

Eso es perder el control. Estamos en la paradoja de buscar la paz sin fortalecer la seguridad pública. Paradójico, nadie discute la necesidad de frenar la violencia para garantizar la seguridad en el país, pero se desprotege a la población civil. Si el cese al fuego es oxígeno y empoderamiento para los ilegales, Colombia volverá a ser de nuevo un país inocente. Ya lo fuimos. ¿Recuerdan el Caguán?

Las reglas las están poniendo los de sangrientos intereses. ¿No lo creen? Miren qué ironía: los que estuvieron en la escuela de Yarumal pidieron excusas... y se comprometieron a que de ahora en adelante lo que hagan será de “manera más profesional”. Así están patrullando los territorios.

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