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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 20 de octubre de 2020

Pellizco, coscorrón y chancla

A veces pienso en las mamás de antaño que para reencauzar el comportamiento de sus hijos apelaban al piadoso pellizco, el coscorrón y hasta la chancla voladora. Hago la salvedad de que hablo de forma figurada, pero lo pienso porque, a la larga, a los colombianos nos falta un tallón así a ver si somos conscientes de la realidad que vivimos.

Nos acercamos al millón de casos de coronavirus y casi 30.000 fallecimientos en el país por su culpa. Hace días vivimos en una meseta de muertos que va de 150 a 180 diarios.

Si bien estamos, técnicamente, en el descenso de la primera ola de la enfermedad, el relajamiento de la gente es latente. Para muchos, las medidas de cuidado propio y hacia los demás no existen y creerán que la nueva normalidad es lo mismo de antes. Cambiaron el tapabocas por un tapacumbambas, y se tragaron el cuento de la inmunidad colectiva. En redes sociales se ven fiestas y parrandas donde se asume un riesgo innecesario.

El llamado distanciamiento social termina siendo una falacia completa. Esta semana, por ejemplo, un amigo me contó que alguien lo saludó de mano. Luego, vino el arrepentimiento y el cargo de conciencia por el riesgo que corrió y no haberse negado a hacerlo. No recordaba si acto seguido se tocó la cara, se acercó las manos a la boca, en fin...

El virus es muy pegajoso. Empalagoso, como dijo un epidemiólogo. Perdura por horas en el aire, se pega en superficies, en la ropa, en las manos, flota en el aire que respiramos y llega, entonces, el contagio: primero un famoso, después un conocido, un vecino, en fin... cuando menos se piensa se mete en la intimidad del hogar y la incertidumbre se vuelve mayor al entrar en los días donde cualquier cosa puede pasar.

Pienso en la Minga indígena. Separo las consideraciones políticas que la motivan del riesgo tan grande asumido por los marchantes frente al coronavirus. Me concentro en lo último y lo único que veo es un acto irresponsable, que refleja la forma como nos comportamos y la poca voluntad de cuidarnos.

Estoy seguro que el 99 % de los marchantes no fue consciente del riesgo frente al virus, pero más allá de eso, lo que de verdad desconcierta es la responsabilidad de quienes en época de distanciamiento lo único que se les ocurrió fue atumultar personas. Claro, para ellos es fácil estar protegidos en casa, mientras azuzan vía Twitter, como lo hace Gustavo Petro, buscando réditos políticos. Hombre, no se necesita mucho cacumen para entender que marcha es equivalente a apeñuscarse.

Conclusión: nos gusta esa falsa sensación de seguridad biológica más que la Selección Colombia cuando está ganando. Ahí es cuando pellizco, coscorrón y chancla de mamá deberían funcionar a ver si caemos en la cuenta del momento tan crítico que vivimos y empezamos de una vez por todas a cuidarnos como debe ser.

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