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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 07 de septiembre de 2021

Perder el placer
de ser ciudadanos

El viernes pasado conversé con una persona que lidera procesos de construcción de sociedad por medio de la investigación etnográfica, antropológica y social.

Su trabajo tiene un impacto muy positivo en los jóvenes porque les abre posibilidades, los articula y les permite sentirse verdaderos ciudadanos, bajo un único propósito: Tener una sociedad más justa.

Ciudadanos, esa es la palabra de fondo.

El concepto puede ser tan complejo o tan simple como se quiera. Complejo, porque nace de un vínculo multidisciplinario, sustentado con mecanismos de participación, que se da entre una comunidad y sus normas y un grupo de personas heterogéneas, capaces de tomar decisiones basadas en sus derechos, pero obligadas a cumplir ciertos deberes. Eso es lo que las convierte en miembros de un Estado.

Adela Cortina ayuda a entender el concepto como un resultado de un quehacer erigido desde la educación —en un amplio sentido—, donde los valores juegan un papel fundamental.

Pero el concepto de ciudadanía también puede ser tan simple como decir que ser ciudadano es el oficio de vivir y sentir el placer de estar en comunidad.

Dirán, entonces, ¿por qué un análisis en pocos párrafos? Hombre, porque es necesario que entendamos que ejercer la ciudadanía es un gran camino para salir adelante y superar tantos problemas. Por eso, es emocionante ver cómo hay personas que, desde un trabajo comprometido con las comunidades, buscan que los jóvenes apuesten a ese placer de ser ciudadanos.

Aunque las noticias no son muy buenas. En Medellín, su gente está perdiendo ese placer.

La confianza de los medellinenses está diezmada. La razón de fondo es ese juego de poder de la administración de Daniel Quintero. No es secreto, es una realidad, traducida en la guerra manifiesta con el empresariado, que involucra a las instituciones que son de todos y que, gracias al pacto de confianza histórico entre lo público y lo privado, han aportado mucho al progreso de la ciudad.

La sombra del alcalde. Así podríamos llamar esa sensación incómoda que ha generado en muchos —entre ellos, los jóvenes, quienes no son indiferentes al momento que vivimos— la actitud y actuar de esta administración. Sí, los jóvenes se han dado cuenta de los intereses subrepticios que rondan por ahí y que se les están atravesando a la obligación que hoy, por culpa del estallido social, existe de dar respuestas claras a sus necesidades, entendidas como el acceso a la educación, las oportunidades laborales, su salud mental y, especialmente, su participación ciudadana. Desconfianza, así de simple.

En este momento histórico que vivimos, tan complejo y que tanto duele, no se puede perder la oportunidad de resignificar a la juventud. No se puede desistir, pero se necesita recobrar la confianza perdida. Si eso no pasa, la historia será triste, porque se les habrá quitado a miles de jóvenes el placer de ser ciudadanos

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