Por David E. Santos Gómez
Dos gritos enfurecidos se escucharon a lo largo del fin de la semana en los lugares de análisis de sufragio en Estados Unidos. En aquellos lugares en los cuales se definía la carrera por la presidencia y Biden tomaba la delantera, como en Michigan, los seguidores de Donald Trump vociferaban “¡Dejen de contar los votos!”. Al mismo tiempo, en condados de Arizona, cuyos números favorecían al presidente, los trumpistas exigían a los gritos “¡Cuenten hasta el último voto!”. ¿Contar o no contar? Las peticiones, evidentemente contradictorias, eran el resultado de los deseos acomodaticios de la derecha según cómo le iba a su candidato. Los votos favorables les sirven, y deben sumarse, los contrarios no, y deben ser desechados.
La actitud incoherente de los seguidores del Make America Great Again era un reflejo del comportamiento antidemocrático -que coquetea con lo dictatorial- de un mandatario a las corridas, desesperado, que veía cómo la reelección se le iba entre las manos. El propio Trump daba órdenes incompatibles. Exigía un recuento en Wisconsin y, al mismo tiempo, pedía que se detuviera el proceso en Pensilvania. Quejándose por lo que decía era fraude electoral, y sin mostrar pruebas que sustentaran sus reclamos, tuiteaba: “El daño a la integridad de nuestro sistema y a la elección presidencial ya está hecho”. Como bien lo señaló el demócrata Bernie Sanders: cuando Trump ganó en 2016 en algunos de esos estados por muy pocos votos, todo funcionó perfecto para él. Ahora que pierde, es un fraude.
Las incoherencias son carta común en la política. Sin embargo, ahora, con información accesible de manera inmediata resulta más fácil desenmascarar la mentira y quitar el velo de lo que el mismo gobierno republicano denominó en sus primeros meses “realidades alternativas”. Los gritos de la semana pasada sirven como un diagnóstico de una época que frustra e indigna pero que acaba de perder a uno de sus mayores símbolos: Donald Trump.
Joe Biden y Kamala Harris empiezan el camino de la transición, aún sin la mano estirada del gobierno saliente. Los republicanos, a desbandadas, ven de qué forma se posicionan para no hundirse con el rey depuesto. Algunos ya han cortado vínculos. Otros se empecinan en aferrarse a él. En un par de semanas llegará el momento en el que la gran mayoría lo negará tres veces.