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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 25 de noviembre de 2021

Plagio

Hace diez años, más o menos, publiqué una columna sobre el plagio, creo que si pensara publicarla otra vez le cambiaría muy pocas cosas, aún seguimos cometiendo los mismos errores en este asunto. Qué tanta conciencia existe en quien plagia sobre el delito que cometerá, por qué para el plagiador apropiarse de las ideas de otro no es grave, o será que respeta tan poco a su universidad y evaluadores que supone jamás será descubierto, o, tal vez, y eso me parece más grave aún, como en el mundo académico se escribe tanta basura para cumplir apenas con un requisito, el plagiador parte del hecho de que eso que “escribió” jamás será leído con atención, con criterio, y su trabajo de grado hará parte del olvido, mientras se disfruta de un título que, por estos tiempos de prerrequisitos, pareciera que muchos estudian solo para eso.

En mis tiempos de profesor universitario el plagio era un tema recurrente. Los profesores hablábamos de este asunto en las cafeterías y en las reuniones con las distintas decanaturas. Pocas veces se actuaba como lo exige la Ley, pocas veces se asumía como un delito, casi siempre existía una condescendencia, una segunda y hasta tercera oportunidad, una duda ante el hecho de que si alguien plagiaba era porque en el fondo había ingenuidad. Yo siempre dudé de eso, porque, además, me gustaba advertirles a mis estudiantes de periodismo que plagiar era muy grave. Les contaba casos para que luego no me dijeran que no sabían.

En mi columna de aquel entonces citaba un artículo de Semana (agosto 20 de 2012), “La tentación de fusilar”, que daba cuenta de dos escándalos en Estados Unidos: el periodista Fareed Zakaria, editor de la revista Time, columnista del Washington Post, analista de CNN y miembro de la Universidad de Yale, había tomado argumentos, citas y referencias casi idénticas de un reportaje publicado por una profesora, meses atrás, en la revista The New Yorker. El otro caso involucraba a Jonah Lehrer, periodista experto en ciencia y tecnología de The New Yorker, quien se atribuyó información de otros para escribir un libro, curiosamente sobre los procesos creativos. Ambos tuvieron que renunciar a sus cargos, el pedir perdón no los exoneró de sus culpas.

En Hungría, el “intocable presidente”, Pál Schmitt, no pudo mantenerse en su cargo después de descubrirse el plagio en su tesis doctoral; en definitiva, los casos son abundantes. Cuando en Colombia se tomen medidas semejantes, podremos pensar, incluso, que es posible eliminar la corrupción; de lo contrario, cada tanto, asuntos vergonzosos, como los recientes, seguirán indignándonos, pero todo seguirá igual 

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